Mitos sobre la educación

Poco dinero, demasiados alumnos por aula y otros sospechosos habituales
Mitos actuales de la enseñanza

El autor del libro «Education Myths», examina en un extenso artículo algunos de esos tópicos. Aunque se refiere a datos de Estados Unidos, su diagnóstico es aplicable a otros países.

Greene señala que existe una opinión extendida, pero errónea, sobre la relación entre dinero y educación: «Con independencia del aspecto educativo que se debata, la solución parece que siempre pasa por un aumento del gasto público». Sin embargo, «la mayoría de los estudios realizados no han encontrado ninguna relación positiva entre el gasto y los resultados académicos».

El gasto educativo por alumno

En Estados Unidos, como en otros países, el gasto por alumno ha crecido durante los últimos 50 años, sin que haya mejorado significativamente el rendimiento en los exámenes NAEP, que miden la calidad de la enseñanza en el país. De hecho, como resalta Greene, «los resultados en matemáticas, ciencias y lectura se han mantenido en niveles similares durante 30 años. Tampoco ha aumentado el porcentaje de graduados. Más gasto no produce más aprendizaje».

«Existe también la creencia de que los profesores están mal pagados en comparación con otros profesionales», por lo que algunos han llegado a proponer que se les exima del pago de los impuestos. A juicio de Greene, para analizar este tema hay que tener en cuenta más factores, además del puramente económico.

La cantidad media que los profesores cobraron en Estados Unidos en 2002 (44.600 dólares) puede parecer a simple vista modesta. Pero a ella hay que añadir el disfrute de unas vacaciones bastante más largas que las del resto de trabajadores. El autor hace algunos cálculos con cifras obtenidas del Departamento de Trabajo y concluye que los profesores cobran 30,75 dólares por hora en educación básica y 31 dólares en secundaria, retribución equiparable a la de médicos o ingenieros. En todo caso, una remuneración mayor que la de otros que se dedican a dispensar servicios públicos (policías, bomberos, etc.).

Greene advierte además que la promoción del profesorado se hace depender más de la titulación (básica o complementaria, como la adquirida en cursillos de formación) y la antigüedad que de evaluaciones directas de la competencia profesional. Sin embargo, los datos de Estados Unidos muestran que la ampliación de las credenciales académicas es prácticamente irrelevante para la mejora del rendimiento de los alumnos.

Los problemas sociales

También se suele excusar el bajo rendimiento escolar aludiendo a obstáculos sociales, como la pobreza o los problemas familiares. Una frase resume esta postura: «Si los estudiantes de bajos ingresos obtienen peores resultados académicos que el resto, es precisamente porque son pobres».

En principio, dice Greene, no hay que dudar de la influencia de las condiciones sociales. Pero estas afectan a todas las escuelas de ambientes similares, y resulta que unas superan los obstáculos mejor que otras. Greene es autor de un método para estimar las dificultades, un índice que combina 16 factores sociales que condicionan los resultados de los alumnos. Y no se observa una relación sistemática entre ese índice y los distintos grados de éxito de escuelas.

La comparación con el rendimiento de los alumnos delata los sistemas que han aplicado reformas eficaces; entre ellos, Greene destaca las que responsabilizan a los centros escolares de los resultados académicos. «Los estados que han establecido este tipo de medidas realizan mayores mejoras, como se desprende las estadísticas. Expertos de la Universidad de Stanford han mostrado que los sistemas educativos basados en la responsabilidad de los centros escolares resultan mejores para los negros y los hispanos», dos minorías con peores condiciones sociales de partida.

La libre elección de escuela

Un estímulo a la responsabilidad de los centros es la libre elección de escuela por parte de los padres, por ejemplo mediante el cheque escolar. «Muy pocos se atreven a cuestionar que los cheques ayudan a los estudiantes, que los emplean para salir de escuelas públicas más conflictivas. (…) En cambio, se conocen menos las ventajas que reporta la elección de escuela a los propios centros públicos. Cuando se pone en marcha un programa de este tipo, sea de cheque escolar o de «charter schools», los colegios públicos, que antes tenían asegurado un número de matriculados, tienen que mejorar su oferta educativa si no quieren perder alumnos y, con ellos, presupuesto».

Los críticos del cheque, sin embargo, subrayan que los estudios realizados hasta el momento sobre sus efectos en el sistema de enseñanza no son concluyentes. Greene ha hecho trabajos empíricos sobre la influencia de la elección de escuela en la calidad de los centros educativos de Florida y de Carolina del Norte. Sus investigaciones y las de otros le llevan a afirmar que «los alumnos beneficiarios de los cheques mejoran su nivel educativo. Las dudas o discrepancias se refieren a la magnitud de la mejora». Por otro lado, «no conozco un solo estudio que haya descubierto que un programa de elección de escuela haya perjudicado el rendimiento académico del sistema escolar público».

En cualquier caso, los programas de cheque escolar dan a cada beneficiario, en el mejor de los casos (el de Milwaukee), no más del 60% del gasto por alumno en una escuela pública. Y todos los programas cuentan con el favor de las familias que pueden optar al cheque. Por eso Greene concluye: «Mejor rendimiento académico, padres más contentos, y por la mitad de precio: si estos resultados se obtuvieran en la investigación contra el cáncer, la comunidad científica y los periodistas estarían eufóricos».

Colegio rico, colegio pobre

Otro mito afirma que «los colegios privados son mejores que los públicos sólo porque cuentan con más dinero e ingresos». Greene replica que «es sencillamente falso que las escuelas públicas sean pobres y las privadas ricas. De hecho, sucede todo lo contrario».

Según el Departamento de Educación, los centros privados de Estados Unidos cobraron de media 4.689 dólares por alumno en el curso académico 1999/2000. Durante el mismo periodo, el gasto por alumno de las escuelas públicas ascendió a 8.032 dólares. Entre las escuelas católicas –que tienen el 49% del alumnado total de los centros privados del país–, los alumnos pagaban 3.236 dólares.

A la vez, «las escuelas privadas no siempre ofrecen los servicios que se dan en los centros públicos: transporte, clases especiales, comida, tutorías, etc.». Aun así, todavía los centros públicos disponen de más dinero que los privados, en particular que los colegios católicos.

Tampoco es cierto el mito que afirma que los centros privados son selectivos y sólo admiten alumnos de familias acomodadas. No es así, desde luego, en el caso de las escuelas católicas. «Un estudio nacional sobre los centros católicos reveló que en ellos se aceptaba al 88% de los solicitantes»; un segundo estudio descubrió que cada uno expulsa a dos alumnos al año, por término medio. Otra investigación sobre los colegios privados de Nueva York señalaba que en ellos solamente se denegó la solicitud al 1% de los alumnos por malos resultados en las pruebas de admisión.

Greene observa, asimismo, que los centros privados son más proclives a admitir a niños con problemas o con retraso académico. Según los datos ofrecidos por el Departamento de Educación, en Estados Unidos «las escuelas públicas expulsan al año al 1% de sus alumnos, y un 0,6% más son transferidos a centros especializados. Un número mayor que en las escuelas privadas, sobre todo en comparación con las católicas. Aun más: la escuela pública manda al 1,3% de sus alumnos discapacitados a los centros privados».

En última instancia, para Greene no se trata de negar las diferencias entre unos colegios y otros. Las hay, sobre todo en lo que se refiere a preparación académica. Pero es un error atribuirlas exclusivamente a razones económicas, sin tener en cuenta otro tipo de factores no menos importantes.

El tamaño de las clases

También se suele relacionar los resultados académicos con el número de alumnos por clase. A diferencia de otros tópicos, dice Greene, el del tamaño de la clase tiene fundamento. Algunas investigaciones indican que la educación mejora cuando hay menos alumnos por profesor. En Estados Unidos, el denominado proyecto STAR reveló ciertas ventajas de las clases pequeñas para alumnos de 3 a 9 años, diferencias que en edades superiores tendían a desaparecer.

Hasta ahora, pues, los beneficios son modestos. California, recuerda Greene, dedicó mil millones de dólares a un programa destinado a reducir el número de estudiantes por aula, lo que exige contratar más profesores y ampliar las instalaciones escolares. Luego, un estudio de Rand Corp. no encontró diferencias significativas en el rendimiento de los alumnos según el tamaño de la clase.

¿Hasta qué punto, se pregunta Greene, es consciente la gente de lo que cuesta tener clases pequeñas? La Universidad de Harvard calculó que bajar a 15 el número de alumnos por clase requeriría un gasto adicional de 2.300 dólares por alumno. Para Greene, «los escasos beneficios que se obtienen no justifican el precio a pagar».

La realidad se impondrá

«Durante los últimos 30 años –dice Greene–, muchas de nuestras políticas educativas se han basado en creencias recientemente desmentidas por la investigación. (…) Deshacer la maraña formada por las extendidas ideas falsas sobre el sistema educativo, e instaurar nuevas políticas basadas en datos firmes, es trabajo para una generación por lo menos».

«Ese trabajo será especialmente difícil porque hay poderosos grupos de interés con motivos para proteger y extender la mitología dominante, que se opondrán a cualquier replanteamiento. Pero con el tiempo, y con el diligente esfuerzo de propagadores de la verdad, la realidad y la razón se han impuesto a la mitología en muchos otros campos. No hay razón para que no puedan imponerse también en las escuelas».

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(1) Jay Greene, «Education Myths. What Special-Interest Groups Want You to Believe About Our Schools and Why it Isn’t So»; Rowman & Littlefield; Lanham, MD (2005); 280 págs.; 24,95 $

 

Adopción de niños por homosexuales

Adopción de menores por parte de parejas homosexuales Mensaje del presidente de la Conferencia Episcopal de Colombia

BOGOTÁ, sábado, 23 abril 2011 (ZENIT.org).- Publicamos el mensaje emitido por el presidente de la Conferencia Episcopal de Colombia, monseñor Rubén Salazar Gómez, arzobispo de Bogotá, a los católicos y ciudadanos de buena voluntad.

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Queridos hermanos y hermanas:

Como es sabido, en las próximas semanas, la Corte Constitucional deberá proferir sentencia en mérito a la adopción de menores por parejas conformadas por personas del mismo sexo. La alegría de los niños que, según la tradición, acogieron a Jesús durante su entrada a Jerusalén, me brinda la ocasión de dirigirme a ustedes, fieles católicos y ciudadanos de buena voluntad, para reafirmar la clara posición de la Iglesia sobre esta delicada e importante cuestión.

Quiero, en primer lugar, manifestar con toda claridad que la Iglesia en Colombia está profundamente interesada en que sean reconocidos y eficazmente tutelados los legítimos derechos de todos los ciudadanos, sin discriminación alguna. Creemos en una sociedad abierta e incluyente y condenamos por ello todo eventual acto de maltrato social o de violencia contra las personas homosexuales o pertenecientes a otras minorías. Con amor de madre, la Iglesia acoge a todos los hombres y mujeres, sea cual sea su condición. Sabemos bien que, con independencia de la orientación sexual e incluso del comportamiento sexual de cada uno, toda persona tiene la misma identidad fundamental: el ser creatura y, por gracia, hijo o hija de Dios.

Es precisamente por amor y respeto a esta gran dignidad que corresponde a todo hombre y mujer, homosexual o no, y que exige de la Iglesia, del Estado y de la sociedad, sinceridad y franqueza, que los católicos nos oponemos a que los menores de edad puedan ser confiados en adopción a parejas conformadas por personas del mismo sexo y rechazamos una eventual decisión de la Corte Constitucional en este sentido. Nos oponemos con total convicción porque tenemos razones de peso para sustentar nuestra postura, razones no sólo de orden religioso o moral. Creo que es necesario y oportuno compartirlas con ustedes, queridos hermanos, para que sean nuestros portavoces en los diferentes ambientes que frecuentan, en la familia, en el trabajo, con los amigos.

Nuestra primera razón es la naturaleza misma de la familia, célula esencial y columna de la sociedad, que se funda en el amor y el compromiso existentes entre un hombre y una mujer. Este es el principio que, con total evidencia, fue acogido en el artículo 42 de la Constitución
Nacional. No hay lugar a equívocos: nuestros menores tienen derecho a nacer, educarse y crecer en el seno de una familia conformada por un padre y una madre, de sexos biológicamente diferentes y complementarios.

Nuestra segunda razón es la naturaleza jurídica de la adopción que es, principalmente y por excelencia, según el derecho internacional y nuestra legislación interna, una medida de protección (art. 61, Código de la Infancia). La adopción no es un «derecho» de los adoptantes, sean estos homosexuales o no, sino una medida en beneficio del menor. Plantear la cuestión de la adopción como un «problema de discriminación» de las parejas homosexuales supone, incluso de modo

inconsciente, hacer pasar, por encima del interés del menor, verdadera finalidad de la adopción, las aspiraciones, reivindicaciones y deseos de quienes pretenden adoptar.

Nuestra tercera motivación obedece al necesario respeto que el Estado Social de Derecho debe tener por los valores éticos y sociales de la mayoría de sus ciudadanos. Para tomar una decisión tan importante como la que atañe actualmente a la Corte Constitucional es necesario tener en cuenta que la inmensa mayoría de los colombianos se han manifestado contrarios a la adopción de menores por parte de parejas del mismo sexo. Por otra parte, creemos que decisiones de este tipo deberían ser tomadas en espacios políticos más abiertos a la sana discusión de ideas, más representativos de los ideales democráticos, más cercanos a las reales preocupaciones de las familias y del pueblo colombiano.

Nuestra cuarta motivación es de prudencia: pese a cuanto algunos afirman, sí existen serios estudios avalados por la comunidad científica, que ponen en evidencia dudas y reservas sobre la idoneidad de las parejas homosexuales para brindar a los menores de edad un óptimo espacio de desarrollo psicoafectivo y de integración social. Tales estudios deben ser tenidos en cuenta a la hora de tomar una decisión que podría afectar el bienestar de nuestros menores.

Espero que la Corte Constitucional tenga en cuenta estos argumentos y tome una decisión plenamente conforme a los valores ciudadanos y constitucionales, que fundan y enriquecen la convivencia de nuestra Nación. Dada sin embargo la incertidumbre, los invito queridos hermanos y hermanas a mantenerse vigilantes y atentos, prontos a defender la naturaleza auténtica de la familia y los derechos de los menores, para que sean eficazmente tutelados por todas las instituciones del Estado.

A todos imparto mi bendición, rogando al Señor por la paz de nuestra amada patria.

Pornografía y erotismo

ACLARANDO CONCEPTOS DE PORNOGRAFÍA Y EROTISMO

Jaime Nubiola

La batalla de la pornografía en la cultura actual Muchos de nosotros, a pesar de los filtros instalados, solemos recibir a diario en nuestra buzón de correo electrónico muchos y variados anuncios de la pornografía más asquerosa y degradante que los seres humanos han sido hasta el momento capaces de imaginar. No hace mucho me llegaba un anuncio invitándome a ganar dinero convirtiendo mi web en una tienda de pornografía mediante pago por teléfono. Como argumento de peso en favor de la oferta indicaban que en la actualidad hay 250 millones de usuarios de internet y que el 75% del uso es para pornografía. Quizá no sean fiables esas cifras, pero de un reciente reportaje acerca de Google me llamaba la atención que reciben 150 millones de consultas diarias desde más de 100 países y que el tema por el que más se interesa la gente de todos esos países es el sexo. Si se busca «sex» en Google proporciona en 0,08 segundos la friolera de 285 millones de resultados. Estos datos circunstanciales hacen pensar que la pornografía está mucho más difundida de lo que la torre de marfil académica tiende pudorosamente a pensar.

En nuestra sociedad hay una notoria contradicción en toda esta materia, pues si bien relega la pornografía a las salas para exhibición condicionada, a las zonas especiales de los videoclubs o las sex shops sin escaparates, valora por el contrario muy positivamente el erotismo tal como muestran constantemente los medios de comunicación, la publicidad o las modas. Las transparencias y exhibiciones de las modelos en los desfiles de alta costura son un preciso indicador de este ambiente erotizado que multiplican los medios de comunicación. Quizá por ello muchas personas tienden a pensar que el erotismo es un valor cultural que puede llegar a ser un arte exquisito y sofisticado, mientras que la pornografía no sería otra cosa que el erotismo degradado para consumo de los incultos, pobres, o viciosos. Dicho al revés, esas personas piensan que si la pornografía está hecha de una manera artística puede ser aceptada bajo el nombre de erotismo. «No soy de los que consideran que el valor artístico lo absuelva todo», escribe a este respecto Umberto Eco. Yo tampoco. Más aún, pretendo persuadir a mis lectores —o al menos hacerles considerar— que un mundo sin pornografía sería un mundo mucho mejor que el presente, y que por tanto, como intelectuales y humanistas, tenemos la obligación de poner todas nuestras fuerzas intelectuales y personales en favor de ese mundo mejor.

Diferencias y semejanzas en los términos

Para ello, deseo, en primer lugar intentar clarificar un poco los conceptos y la terminología en torno a la pornografía y al erotismo; en segundo lugar, desearía abordar brevemente el problema del desnudo artístico y el arte erótico; en tercer lugar, trataré de identificar las coordenadas principales de la pornografía, y en cuarto lugar me gustaría apuntar algunas de las claves con las que —a mi entender— cabría afrontar toda esta cuestión.

Aclaraciones terminológicas y conceptuales en torno a «pornografía» y «erotismo»

Se dice de la pornografía que es difícil de definir, pero muy fácil de reconocer. Mucha gente para dilucidar este tipo de cuestiones suele acudir en primer lugar al Diccionario de la Real Academia, pues en ese diccionario vienen registradas distinciones muy sutiles que operan en nuestra cultura a través de la lengua. En nuestro caso, las definiciones de los dos términos que nos ocupan son las siguientes:

Pornografía. Carácter obsceno de obras literarias o artísticas. 2. Obra literaria o artística de este carácter. 3. Tratado acerca de la prostitución.

Erotismo. Amor sensual. 2. Carácter de lo que excita el amor sensual. 3. Exaltación del amor físico en el arte.

La pornografía es para excitar

Lo que más llama la atención de ambas definiciones es quizás la proximidad entre ambos términos, con la diferencia importante de que la pornografía es considerada «obscena», esto es, como algo que no debe aparecer en escena, y está relacionada con la prostitución, mientras que el erotismo alude más bien a la exaltación de la dimensión física y sensual del amor. Sin duda resultan útiles estas definiciones del diccionario, pero me parece que quizá puede resultarnos todavía más útil lo que escribió a este respecto el novelista Walker Percy, refiriéndose en particular a los libros:

La pornografía se diferencia de otros escritos en que hace algo que los otros libros no hacen. Hay novelas que aspiran a entretener, a decir cómo son las cosas, a crear personajes y aventuras con los que el lector pueda identificarse. En cambio, la pornografía hace algo completamente diferente: trata de modo completamente deliberado de excitar sexualmente al lector. Esto es algo en lo que podemos estar de acuerdo los cristianos y los no cristianos, los científicos y los profesores de lengua, pues no tiene gran misterio.

Percy en esas líneas proporciona una verdadera definición pragmática de «pornografía». Son obras pornográficas aquellas que se hacen, se comercializan y se consumen como excitantes sexuales. No es una cuestión de qué se exhibe, hasta dónde se enseña, sino que guarda relación directa con los propósitos de sus autores. Se trata de productos comerciales diseñados para producir o favorecer la excitación sexual de la audiencia encarnando sus fantasías sexuales. Obviamente tienen estas condiciones las películas que se proyectan en las salas especiales con esta finalidad, las que se venden en las zonas correspondientes de los videoclubs, o las imágenes que se distribuyen gratuitamente o de pago a través de internet. Así lo saben tanto sus distribuidores como sus consumidores.

Entre arte y erotismo

Sin embargo, la frontera entre estos productos y la llamada «pornografía de lujo» —que aspira a ser aceptada bajo el rótulo de «erotismo»— es del todo borrosa. Nadie duda de la fuerte carga pornográfica de algunas películas que aspiran a aunar una cierta calidad técnica con un mayor éxito comercial mediante la explotación publicitaria de la novedad transgresora en materia sexual, intercalada con otras escenas de notable valor lírico o con historias de gran fuerza expresiva. Cuántas personas que jamás acudirían al cine para ver una película pornográfica son capaces de asistir —so capa de arte, literatura o cosa parecida— a las escenas de intimidad sexual más explícitas que jamás hubieran podido imaginar.

La realidad de las películas o los programas de televisión —en particular los reality shows— son del todo explícitos a este respecto, y cuando son programas aparentemente inocuos, las pausas para la publicidad hacen evidente la intensa erotización de nuestra sociedad. «La saturación de sexo en la publicidad —me escribía un publicista— está banalizando hasta tal extremo el mensaje publicitario que resulta cada vez más difícil encontrar la frontera entre una marquesina de moda (por poner un ejemplo) y el último número de Penthouse». De manera semejante, como una de las actividades que más excitan sexualmente a los seres humanos está el ver desnudarse a una persona del sexo opuesto, muchos guiones de películas «exigen» a sus protagonistas estar permanentemente entrando y saliendo de la ducha, o muchos anuncios de colonia requieren de sus modelos que aparezcan en escena tal y como vinieron al mundo.

El desnudo artístico y el arte erótico

Las calles de las grandes ciudades de los países católicos, desde Buenos Aires hasta Roma pasando por Madrid o Barcelona, están llamativamente adornadas por los más sofisticados anuncios de lencería íntima o de mínimos trajes de baño, o si anuncian cerveza o whisky, a menudo quienes aparecen en los anuncios lucen también un muy escaso vestuario. No suele suceder así en las ciudades angloamericanas, que son de tradición puritana. La tradición católica ha convivido con el desnudo bastante bien quitando y poniendo estratégicas hojas de parra al vaivén de los cambios de la sensibilidad cultural en esta materia, incluida la Capilla Sixtina.

La Doctrina de la Iglesia y el desnudo

La enseñanza de la Iglesia Católica en todo este campo «no es efecto de una mentalidad puritana ni de un moralismo estrecho, así como no es producto de un pensamiento cargado de maniqueísmo» (Juan Pablo II, Audiencia general, 29 abril 1981): no está en contra del desnudo artístico, sino radicalmente en contra de la desnaturalización del sexo mediante su utilización comercial o su deliberada exhibición ante terceras personas, porque tales conductas degradan la dignidad de la comunicación sexual y envilecen a las personas. A este respecto, vale la pena —me parece— recordar la luminosa enseñanza de Juan Pablo II en su catequesis de 1981:

En el decurso de las distintas épocas, desde la antigüedad —y sobre todo, en la gran época del arte clásico griego— existen obras de arte cuyo tema es el cuerpo humano en su desnudez; su contemplación nos permite centrarnos, en cierto modo, en la verdad total del hombre, en la dignidad y belleza —incluso aquella «suprasensual»— de la masculinidad y feminidad. Estas obras tienen en sí, como escondido, un elemento de sublimación, que conduce al espectador, a través del cuerpo, a todo el misterio personal del hombre. En contacto con estas obras —que por su contenido no inducen al «mirar para desear» tratado en el Sermón de la Montaña—, de alguna forma captamos el significado esponsal del cuerpo, que corresponde y es la medida de la «pureza del corazón».

Digámoslo con otras palabras, el desnudo es —puede ser cuando es artístico— hermoso, muy hermoso e incluso tira de nosotros «hacia arriba»: es un elemento de sublimación. A mí me gusta recordar el comentario incidental que hace Juan Pablo II en su encíclica Mulieris dignitatem (n. 10) con ocasión del relato bíblico de la creación de Eva. Dios ha infundido un sueño profundo a Adán y forma de su costilla a Eva. Al despertarse Adán y ver a Eva desnuda enfrente de él, grita: «¡Guau! ¡Eres carne de mi carne y hueso de mis huesos!» y añade el Papa: «La exclamación del primer varón al ver la mujer es de admiración y de encanto: abarca toda la historia del ser humano sobre la tierra». Aquel grito de Adán lleno de admiración y de encanto atraviesa la historia de la humanidad y llega, sin duda, hasta nosotros hoy.

La intención de unos y de otros

Sin embargo, prosigue Juan Pablo II en el texto antes comenzado, hay también producciones artísticas —y quizás más aún reproducciones [fotografías]— que repugnan a la sensibilidad personal del hombre, no por causa de su objeto —pues el cuerpo humano, en sí mismo, tiene siempre su inalienable dignidad—, sino por causa de la cualidad o modo en que se reproduce artísticamente, se plasma, o se representa. Sobre ese modo y cualidad pueden incidir tanto los diversos aspectos de la obra o de la reproducción artística, como otras múltiples circunstancias más de naturaleza técnica que artística. Es bien sabido que a través de estos elementos, en cierto sentido, se hace accesible al espectador, al oyente, o al lector, la misma intencionalidad fundamental de la obra de arte o del producto audiovisual. Si nuestra sensibilidad personal reacciona con repugnancia y desaprobación, es porque estamos ante una obra o reproducción que, junto con la objetivación del hombre y de su cuerpo, la intencionalidad fundamental supone una reducción a rango de objeto, de objeto de «goce», destinado a la satisfacción de la concupiscencia misma. Esto colisiona con la dignidad del hombre, incluso en el orden intencional del arte y de la reproducción (Audiencia general, 6 mayo 1981).

Este texto de Juan Pablo II —y otros muchos suyos que se podrían aportar desde su libro Amor y responsabilidad— sugiere claramente que los problemas no están en el desnudo, sino en la intencionalidad del autor que reduce el cuerpo a objeto de goce para satisfacer su concupiscencia o la concupiscencia del espectador en lugar de ser genuina expresión de la intimidad personal.

Fuente: Gluvium.org

Tendencia a la virginidad en EEUU

Hay una tendencia en EEUU hacia más jóvenes eligiendo abstenerse de relaciones sexuales hasta llegar al matrimonio

grafico eeuu virginidad

 

More than one in two high school students report remaining abstinent, an increase of nearly 15 percent since the early 1990s. The trend was most striking among African American

students, with a 116 percent increase in those remaining abstinent.

PERCENT OF ABSTINENT HIGH-SCHOOL STUDENTS, BY RACE

Source: Centers for Disease Control and Prevention, National Youth Risk Behavior Survey, 2011

Problemas con los anticonceptivos

A MÁS ANTICONCEPTIVOS, MÁS PROBLEMAS SEXUALES PARA LOS ADOLESCENTES1.

Por Dr. Felipe Vizcarrondo y Adolfo J. Castañeda

No son pocos los gobiernos y las organizaciones internacionales que promueven una “educación” sexual que consiste en hacer disponibles los anticonceptivos a los adolescentes1. Este tipo de “educación” sexual, que podemos llamar hedonista, se basa en el mito de que mientras más disponibles estén los anticonceptivos, habrá menos casos de infecciones de transmisión sexual (ITS) y embarazos en los adolescentes1. Muchos padres de familia y otras personas que defienden una visión correcta de la sexualidad humana han alertado al público acerca de esta falsedad. Pero no son solamente ellos, también hay científicos que han estudiado el problema a profundidad y han llegado a la misma conclusión.

Uno de esos científicos es David Paton, profesor de la Universidad de Nottingham, en el Reino Unido. En abril del 2004, Paton publicó un estudio en el cual aborda el tema de la “planificación familiar” (anticonceptivos, incluyendo los que son abortivos) y los embarazos e ITS en los adolescentes. El estudio utilizó datos que fueron obtenidos en Inglaterra entre 1998 y el 2001. Paton concluyó que “el reciente aumento de la disponibilidad de clínicas de planificación familiar para la juventud está vinculado a un aumento de los índices de ITS en los adolescentes, pero no a cambios en los índices de embarazos en la mayoría de los grupos de cualquier edad”2. En otras palabras, en el “mejor” de los casos, una mayor disponibilidad de anticonceptivos ha sido completamente inútil en reducir los índices de embarazos en los adolescentes, y, en el peor, esa disponibilidad ha sido contraproducente, pues ha contribuido al aumento de los casos de ITS en ese mismo sector de la población inglesa.

Pero eso no es todo. El estudio de Paton también arrojó que “el impacto adverso en las ITS ha aumentado significativamente desde que la anticoncepción de emergencia [AE] se ha hecho disponible a gran escala”. La AE consiste en la ingestión de píldoras “anticonceptivas” u otros fármacos (como el Misoprostol) o en la colocación de un dispositivo intrauterino (DIU o IUD), cierto número de horas después de un acto sexual, en el cual no se usaron anticonceptivos o se cree que estos fallaron y, por lo tanto, se piensa que ese acto va a ser fecundo3. Como tanto las píldoras

1 Vid. http://www.vidahumana.org, la sección “Educación sexual” en: http://www.vidahumana.org/vidafam/edusex/edusex_index.html.
2 PATON, D., Random Behavior or Rational Choice? Family Planning, Teenage Pregnancy and STIs,” abril del 2004, pág., 2. Este informe se encuentra disponible en formato electrónico de PDF en el portal de la organización “Women’s Concerned for America”, http://www.cwfa.org, concretamente en el enlace: http://www.cwfa.org/images/contents/STIRESRevised.pdf.
3 Visite, en el portal de VHI, las siguientes secciones en sus correspondientes enlaces:
“Anticoncepción”, http://www.vidahumana.org/vidafam/anticon/anticon_index.html.

“anticonceptivas” como los DIU a veces actúan impidiendo la implantación de un embrión humano en el útero de su madre, de ahí que la AE, al menos parte del tiempo, actúe como un abortivo3. Pero la cuestión que está enfatizando Paton aquí es que la AE no sólo no ofrece ninguna protección ante las ITS (como se cree erróneamente que sí ofrecen los preservativos)4, sino que incluso parece ser que está vinculada a su aumento.

Inglaterra no es el único país europeo en el cual la “educación” sexual hedonista ha fracasado de forma tan descomunal. Otro caso es el de Suecia, considerado el “paraíso” de la “liberación” sexual y de la “educación” sexual hedonista. Un artículo publicado en julio del 2002 así lo confiensa: “En Suecia, las actitudes de la sociedad hacia las relaciones sexuales entre los adolescentes son liberales, y los asuntos de salud reproductiva [anticonceptivos, incluyendo los que son abortivos] son considerados de gran prioridad”5. El artículo también afirma: “La educación sexual se ha estado enseñando en las escuelas desde la década de los 50. La edad de consentimiento para las relaciones sexuales es de 15 años. Desde 1975, el aborto se practica a petición … Los preservativos y los anticonceptivos orales [píldoras ‘anticonceptivas’ y otros fármacos ‘anticonceptivos’] están disponibles a bajo precio y la anticoncepción de emergencia se vende sin receta”.

Los que creen en el mito de que una mayor disponibilidad de los anticonceptivos trae consigo una disminución de las ITS, pensarían que los adolescentes suecos no tendrían problemas de ese tipo. Pero se equivocan rotundamente. El estudio ya citado continúa diciendo: “El embarazo entre las adolescentes no es común [claro, con tantos abortos y anticonceptivos abortivos disponibles, cómo lo va a ser]. Sin embargo, los problemas de salud sexual y reproductiva están aumentando entre la gente joven, … los índices de abortos de adolescentes han aumentado, de 17 por cada 1.000 en 1995 a 22.5 por cada 1.000 en el 2001. Las infecciones de clamidia genital han aumentado, de 14.000 casos en 1994 a 22.263 en el 2001. El 60% de esos casos ha tenido lugar entre la gente joven y el mayor aumento ha ocurrido entre los adolescentes”.

El sentido común nos dice que si a los adolescentes, cuya psicología en ese período de la vida normalmente es bastante vulnerable, se les ofrecen anticonceptivos en vez de valores, la mayoría de ellos va a escoger el camino “fácil” y, al mismo tiempo autodestructivo, del hedonismo. Precisamente, el artículo apenas citado se hace eco de ello. “En 1999, el 55% [de los adolescentes de los dos sexos de 17 años de edad que fueron entrevistados en un estudio] habían tenido relaciones sexuales… Se reportó el uso de drogas, múltiples compañeros y relaciones sexuales casuales… Los profesionales que trabajan con adolescentes en Suecia [maestros, trabajadores de la salud, etc.], reconocen que el fumar y el uso del alcohol a edades tempranas coinciden con el primer encuentro sexual”5.

“Anticoncepción de emergencia”, http://www.vidahumana.org/vidafam/anticon/emergencia_index.html.
4 Vid. portal de VHI, la sección “SIDA”, en el enlace: http://www.vidahumana.org/vidafam/sida/sida_index.html.
5 EDGARDH, K. “Adolescent Sexual Health in Sweden,” Sex Transm Inf, 19 de julio del 2002, 78: 352-356, http://sti.bmjjournals.com/cgi/content/full/78/5/352.

No cabe la menor duda, el debilitamiento de la fibra moral de la persona la lleva a la anarquía personal. Se derrumban las defensas éticas ante el ansia insaciable de placer a toda costa y sin ningún límite. De hecho, el artículo en cuestión continúa informando acerca del problema del hedonismo adolescente trasladándose a Noruega, donde la situación dista mucho de ser mejor. “En Noruega, el proceso de declararse homosexual públicamente durante la adolescencia está vinculado a un aumento de los intentos de suicidio, pero este asunto no se ha investigado en Suecia”5. Ante este panorama tan sombrío en Noruega, no podemos dejar de pensar que mejor sería que las autoridades suecas investiguen este problema, y pronto, no vaya a ser que la misma desgracia ocurra, o esté ocurriendo ya, en Suecia.

¿Reaccionarán las sociedades europeas (y no hablemos de las de EEUU y Canadá) ante el desastroso resultado de su “educación” sexual hedonista? ¿Se darán cuenta de que la respuesta a todo ello es la aceptación y vivencia de una moral integral, que respeta la dignidad de la persona, del matrimonio entre un hombre y una mujer, y de la familia? No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que si América Latina, que últimamente ha tomado el mismo camino equivocado de esos países, no retorna a estos valores, lo mismo les va a suceder a sus adolescentes, … y también al resto de sus sociedades.

Los autores:

  • El Dr. Felipe Vizcarrondo es pediatra y miembro de la junta directiva del American College of Pediatricians (Colegio de Pediatras de EEUU), http://www.acpeds.org.
  • Adolfo J. Castañeda es director de programas educativos de VHI.

Aprende a concentrarte: 7 trucos

Siete hábitos para concentrarse

  1. Ambientación del lugar de trabajo: para evitar distracciones que afecten a la concentración del estudiante, es esencial contar con un lugar de estudio aislado, libre de ruidos y sin elementos que puedan favorecer la falta de atención.
  2. Elegir el mejor horario: en el momento de elegir el horario de estudio, el alumno debe atender a sus preferencias según la hora en que se concentre

mejor (por la mañana o por la noche), pero también de acuerdo al momento del día en el que pueda obtener mayor tranquilidad en el espacio de trabajo y a las horas en que esté más descansado.

  1. Pauta de estudio: para evitar la desconcentración que causa el cansancio, es recomendable establecer una pauta horaria estructurada que combine el descanso y el estudio. Algunos especialistas recomiendan estudiar en intervalos de 40-45 minutos y hacer un corte entre ellos de 10-15 minutos. Este descanso ayuda a despejar la mente y la prepara para el siguiente periodo de concentración.
  2. Organizar el material: levantarse a por una regla, tener que buscar
    el sacapuntas o salir de la habitación a por el diccionario son algunas de las distracciones que afectan a la concentración del estudiante. Se pueden evitar si antes de comenzar a estudiar se organiza con eficacia el espacio de estudio.
  3. ¿Solo o acompañado?: a muchos estudiantes, la sola presencia de un compañero en el mismo espacio de estudio les distrae de su tarea. Sin embargo, para otros resulta motivador y les incentiva a concentrarse en sus estudios, siempre que el acompañante tenga la misma actitud.
  1. Intercalar técnicas de estudio: memorizar durante dos horas seguidas o dedicar una jornada completa de estudio a hacer resúmenes y esquemas puede llegar a cansar al estudiante y a provocar que se desconcentre de sus tareas. Para evitarlo, conviene combinar durante la misma sesión de trabajo diferentes técnicas de estudio que la amenicen y la hagan más interesante para el estudiante.
  2. Cambiar de materia: si la falta de concentración es inevitable, una buena alternativa es cambiar de materia de estudio. Este cambio aportará al estudiante un nuevo interés y aumentará otra vez su concentración. Es probable que cuando cambie de nuevo, vuelva a concentrarse de manera adecuada en la materia anterior.

Técnicas que favorecen la concentración

La falta de concentración está provocada en muchas ocasiones por la ansiedad, la tensión o las preocupaciones. En este caso, el estudiante puede recurrir a distintas técnicas y ejercicios mentales que le ayudarán a relajarse y a preparar y ejercitar su mente para obtener una mayor concentración en sus estudios.

 Tachar letras: un buen ejercicio de concentración consiste en coger una página de un periódico o revista que ya no nos sirva y tachar a la mayor velocidad posible una determinada letra. A medida que se adquiere práctica

en este ejercicio, se pueden tachar dos o más letras para incrementar el nivel de concentración.

  •   Visualizar una imagen: mediante esta técnica, el estudiante debe visualizar mentalmente una figura geométrica sencilla (un círculo, triangulo o cuadrado) e intentar fijar la atención en ella durante el mayor tiempo posible. Cuando la figura desaparezca, hay que apuntar el tiempo conseguido, tras contabilizarlo con un cronómetro. El ejercicio se debe repetir de forma periódica para intentar superar cada vez el tiempo anterior.
  •   Juegos de atención: algunos sencillos juegos están diseñados de forma que quien los realiza debe entrenar su atención sin darse cuenta. Algunas propuestas son los tangram, las sopas de letras, buscar diferencias, ajedrez o los sudokus.
  •   Música y sonidos: escuchar música también puede convertirse en un excelente ejercicio de concentración. El estudiante puede escuchar su música favorita e intentar concentrarse en distinguir cuándo suena un

determinado instrumento. También en un ambiente en el que se intercalen distintos sonidos se puede «jugar» a intentar atender de forma exclusiva tan solo a uno de ellos.

Sugerencias para educar bien

Autor: Tomás Melendo Granados | Fuente: Catholic.net

Nuevas sugerencias para una sana educación

Lo que es oportuno hacer, y lo que no se debe decir a la hora de educar a nuestros hijos

Con este artículo pretendo ofrecer un conjunto de sugerencias particulares, que pueden muy bien resumir y concretar los principios básicos de la educación de los hijos.

Como no son «recetas» —pues no las hay en educación—, resultaría inútil pretender «aplicarlas tal cual, mecánicamente». De ordinario, deben ser adaptadas a la situación de que se trate; en ciertas ocasiones, atendiendo a unas circunstancias particulares, incluso será preferible ponerlas en sordina; y alguna vez, muy pocas, atreverse a contradecirlas.

Lo ha de dictar, en cada caso, la prudencia de los padres… tal vez a la luz de

Nuevas sugerencias para una sana educación

los fundamentos contenidos en el primero de estos tres artículos.

Las propuestas se articulan en dos grupos muy sencillos:

a) lo que es oportuno hacer a la hora de educar a nuestros hijos;
b) lo que no debe decirse, no tanto por la expresión en sí, sino por la actitud que manifiesta en los padres y los hijos perciben desde muy pequeños, y por el daño que a estos pudiera causarle.

A) Lo que conviene hacer

1. Vivir personalmente, con coherencia, cuanto se exige a los hijos, recordando que el ejemplo es el mejor predicador; o, al menos, luchar clara y visiblemente por actuar de tal modo.
Así, pongamos por caso, conviene ir por delante en la moderación del uso de la TV; en no hablar nunca mal del prójimo y saber cortar cualquier conversación que tome ese rumbo; en la sinceridad: por ejemplo, no pidiendo que digan que no estamos en casa cuando simplemente no tenemos ganas de ponernos al teléfono; en el orden, sin sentirnos liberados —por nuestra edad y condición de padres— de arreglar nuestros enseres y contribuir a la armonía del hogar; en la puntualidad, acudiendo de inmediato, entre otras circunstancias, cuando se nos avisa que el almuerzo o la cena están a punto; en afrontar las dificultades con buen humor y una sonrisa; en valorar y exponer el sentido del trabajo, sabiendo destacar cuanto en él hay de positivo y silenciando, si fuere necesario, las dificultades, las «zancadillas», el mal talante de nuestro jefe o de nuestros compañeros…

2. Favorecer el prestigio del otro cónyuge, ayudando a los hijos a descubrir sus virtudes, y evitar el contradecirlo o reprocharle algo en presencia de los niños. Si os han visto pelearos, que os vean también reconciliaros.
Y, cuando las hijas adquieran la edad conveniente, que el padre les muestre la grandeza de la

madre «como mujer y esposa», igual que la madre a los hijos varones en relación a su marido «como esposo y como varón».

3. Encontrar las ocasiones para jugar y conversar con los hijos, para interesarse realmente por sus cosas, que nunca son para ellos poco importantes, aun cuando a veces esto signifique renunciar a la propia tranquilidad o sacrificar un poco del tiempo que podría dedicarse a la profesión o al descanso.

4. Conceder a los hijos —de manera progresiva, según la edad, pero desde el fondo del corazón— toda vuestra confianza, arriesgándoos sin dudarlo a que alguna vez os «engañen».

5. Tener también fe en la capacidad del niño o de la niña para luchar por superar sus defectos, comprometiéndonos personalmente en ese combate… hasta sufrir con sus derrotas, si llegare el caso.

Por eso, cuando el hijo caiga una vez más en alguno de esos defectos, comprenderlo efectivamente, ayudarlo con palabras de ánimo después de rehacernos nosotros mismos si fuera preciso, y no limitarse a echarle en cara su debilidad.
En definitiva, mostrar que seguimos confiando plenamente en ellos y que estamos dispuestos a comenzar de nuevo la lucha con moral de victoria.

6. Favorecer el espíritu de iniciativa del niño desde muy pronto y dejar que haga las cosas por sí mismo —que inicialmente resulta más costoso que hacerlas nosotros—, asumiendo con espíritu deportivo las molestias complementarias que tal actitud pudiera originar.

7. No ceder a los caprichos de los críos, por más que se emperren en ellos, sino esperar serenamente a que pasen sus rabietas. Dejarles muy claro, de este modo, que no tienen derecho a esos antojos.

8. Cuando sea menester, aunque no resulte fácil, saber decir que no… y mantenerse en él; pero explicar las causas de esas negativas y no exagerarlas, multiplicándolas inútilmente.
(Recordar, a estos efectos, que cada persona tiene su propio camino de perfeccionamiento y que no debemos imponer a nuestros hijos las propias preferencias).

9. Ejercer la autoridad, que no es autoritarismo. Este último es afán de poder; la primera por el contrario, es servicio y se basa en una estima justa y merecida del chico o de la chica y de lo bueno en sí, que resulta capaz de mejorarlo.

10. Exigir la obediencia sin vacilaciones, pero intentando dar las órdenes con el tono más suave y simpático posible.

11. Limitar el número de deberes y prohibiciones a las cosas verdaderamente importantes. La vida familiar debe estar regida por el mínimo de reglas imprescindibles, y no por gustos o caprichos de uno u otro de los progenitores; y esas pocas normas ineludibles, hay que intentar que se cumplan siempre.

Así los padres —¡las madres!— «no se queman» mandando sin ton ni son en cuestiones que, por su misma escasa relevancia, luego no vamos a hacer cumplir; y los hijos aprenden a obedecer por la bondad intrínseca de lo que se les indica, interiorizando los criterios y formando su conciencia.

12. A veces —no muchas— se debe también castigar, pero con moderación, sin perder la serenidad ni dejarse vencer por el nerviosismo o la ira.

13. Nunca un castigo ha de ser ni parecer un simple desahogo de nuestro mal humor, de nuestro cansancio o de nuestro orgullo herido. Por eso, en ocasiones, es preferible «salir de la escena» y no volver a ella hasta que se haya recuperado el propio dominio: una palabra serena y

convencida goza de mayor poder de persuasión que un grito o una reprimenda incontrolados.
Es necesario, además, medir muy bien las consecuencias de la sanción que se pretende imponer. Jamás debe ser ni desproporcionada ni de tal envergadura («¡te quedarás tres meses sin salir de casa!»)… que después resulte imposible cumplirla y tengamos que condonar la deuda.
Por fin, es muy conveniente que la acción reparadora guarde clara relación con la falta cometida: los defectos en el estudio es oportuno corregirlos mediante actividades que enseñen; los de puntualidad, ayudando a vivirla en otras circunstancias; las explosiones de ira, enseñando a pedir perdón y a no saltar cuando les gasten aquella broma que les molesta especialmente… En este sentido, no suele dar resultado una suerte de «castigo universal y no específico», como privar de ver la televisión, jugar con la videoconsola, no asistir a determinados espectáculos… Entre otros motivos, porque concedemos a esas actividades (televisión, etc.) una importancia de la que en realidad carecen.

14. Cuando convenga regañar a un hijo, hay que hacerlo con claridad, con justicia, con brevedad y cambiando después el tema de la conversación; es imprescindible concederle un tiempo para que asimile la corrección, sin exigir que reconozca de inmediato su culpa… como tampoco solemos de entrada reconocerla nosotros.

15. Resulta muy formativo exigir apoyándose más en el cariño (y en el bien de los demás) que en los castigos y recompensas: «Si haces eso, me das —o das a tu padre o a tus hermanos— un disgusto o una alegría muy grande».
Se transmite así a los hijos la hermosura de hacer o prescindir de algo libremente, por amor a los demás.

16. Evitar siempre que se pueda los premios materiales, para no cultivar una moral utilitarista, que espera una recompensa por cada acción positiva. Al contrario, resulta muy conveniente que los hijos perciban y se sientan satisfechos al advertir la alegría de los padres cuando realizan una

buena acción.
En el primer caso se promueve, tal vez sin plena conciencia, el egoísmo: hago algo bueno no por ser bueno, sino porque yo obtengo un provecho. En el segundo, se ayuda a los hijos a salir de sí y ocuparse de los otros… que es la única vía transitable para encontrar la felicidad.

17. Conviene elogiar o censurar no lo que son, sino aquello que hacen. Se evitará de este modo fomentar la soberbia o el desencanto. No decir, por ejemplo, «eres tonto», sino «esta vez has hecho o dicho una tontería».
El uso del verbo ser o similares, por cuanto fácilmente se refieren a la totalidad de la persona y la califican de un modo radical y omniabarcante, constituye una especie de carga de profundidad que puede resultar devastadora.

Más oportuno es, por ejemplo, utilizar frases del estilo: «en esta ocasión has actuado un tanto egoístamente; no me lo esperaba de ti». Con ellas, al tiempo que corregimos la actitud incorrecta, fomentamos los valores positivos de fondo y mostramos nuestra estima y confianza hacia los chicos.

18. Distribuir encargos oportunos entre los hijos, enseñando también a que, en determinadas ocasiones, si existe causa justificada (exceso de cansancio, proximidad de un examen, etc.), uno supla en lo que debería realizar otro.
Se trata de una de las acciones más difíciles pero al mismo tiempo más eficaces. Cualquier hijo en condiciones normales está dispuesto a echar una mano a sus padres… con tal de que esa tarea no le corresponda a otro hermano. Lograr que superen esa especie de agravio comparativo es poner las bases de una generosidad auténtica y duradera.

19. Implicar a los hijos, con un equilibrio adecuado, en las decisiones familiares, estimulándoles para que hagan sugerencias para el bien de la familia… y acogiéndolas incluso cuando las nuestras nos sigan pareciendo un poco mejor que las que propuestas por ellos (entre otros motivos, porque es muy fácil que las nuestras, solo por serlo, las consideremos mejores).

20. No rechazar globalmente, y mucho menos a priori («tú calla, que de esto no sabes») ni siquiera aquellas insinuaciones de los hijos que nos parecen más insensatas; por el contrario, esforzarse para descubrir y valorar cuanto hay de bueno en sus ideas… puesto que siempre hay algo bueno.

Es eficacísimo llegar al convencimiento de que los padres tenemos mucho que aprender incluso de los más menudos de nuestros hijos.

21. No os limitéis a corregir o aconsejar a los hijos, sino escucharlos con paciencia, afecto, interés y «simpatía» —como si se tratara de vosotros mismos o de la persona más querida—, de modo que lleguéis a comprender el porqué de sus dificultades, desilusiones, tristezas, errores, mimos, etc.
Y eso, a todas las edades: desde que empiezan a hacerse entender hasta la etapa tan

problemática de la adolescencia… y siempre.
Nunca es buena la presunción de que, por nuestra edad, experiencia, estudios, etc., la razón se encuentra de nuestra parte.

22. No responder sistemáticamente a sus preguntas, por abulia o pereza, con un cansino «no lo sé». Los niños multiplican sus interrogantes, justo cuando advierten ese desinterés.

23. Cuando no se sabe bien qué razones dar para acoger o rechazar sus peticiones, tener la humildad de decir, por ejemplo: «Déjame que lo piense».
Y lo mismo cuando nos consultan sobre algo que tienen derecho a conocer, pero que nosotros no tenemos claro.
Es muy formativo para los hijos —y hace crecer en ellos el aprecio por nosotros— advertir que siempre estamos dispuestos a atender a sus demandas… pero también que reconocemos sin problema que no somos ni omnipotentes ni lo sabemos todo. Tal actitud suele evitar dificultades

en la edad crítica de la adolescencia.

24. Exigir con buen humor, pero jamás con ironía hiriente, aun cuando fuera sutil. La ironía es siempre dolorosa porque lleva consigo una suerte de descalificación global o, al menos, muy superior a la manifestación clara y afectuosa del error que se intenta corregir.
Por eso, en ocasiones es preciso, nada fácil, ¡y muy meritorio!, abstenernos de formular esa ocurrencia llena de auténtica gracia… pero que podría herir a alguno de nuestros hijos. También aquí el propio lucimiento está muy por detrás del bien del ser querido.

25. Proponer mejoras realmente posibles —no disparatadas y fruto de una irritación incontrolada— y prever un tiempo razonable para cada una de ellas… Probablemente una de las virtudes que más a menudo ha de ejercitarse en la educación, y por eso de singular importancia, es la paciencia.

26. Mantener las promesas hechas.
Para ello, reflexionar detenidamente sobre la viabilidad de llevarlas a cabo antes de adquirir el compromiso.
Y si en algún caso resultara realmente imposible cumplir lo pactado, explicar con humildad y claramente los motivos, al tiempo que se propone una alternativa.

27. Usar las bofetadas lo menos posible (que no necesariamente quiere decir nunca: como todo, esto depende mucho del modo de ser del chico). Sería bonito que vuestro hijo, más adelante, pudiera contar los bofetones recibidos de niño.
28. Enseñar a los hijos el valor de ciertas renuncias y despertar su capacidad de crítica frente a la publicidad consumista, que exalta de continuo la satisfacción inmediata de deseos y necesidades artificialmente creados y elimina el gozo profundo de los grandes logros que suponen largo esfuerzo.

En este caso, más que nunca, es menester andar atentos para no convertir en lícito y norma de

conducta lo que «todo el mundo hace»; e imprescindible, si se quiere ser eficaz, que nuestro ejemplo vaya por delante.

29. Iniciar a los hijos en el misterio del origen de la vida y del amor entre hombre y mujer, de manera progresiva y desde muy pequeños, en la justa medida —muy escasa o casi nula en los comienzos— en que demuestren interés por el tema.
Vale más adelantarse que llegar tarde (sin olvidar que hoy estas cuestiones «están a su alcance» —televisión, revistas, Internet, amigos…— mucho antes de lo que creemos).

Por otro lado, incluso cuando no nos prestaran demasiada atención, les estamos demostrando que no se trata de una cuestión tabú, sino tan normal como las restantes que hablamos en la intimidad, y que pueden acudir a nosotros para consultar sus legítimas dudas… o contarnos sus fracasos (como consecuencia, jamás deberíamos mostrar asombro o indignación cuando nos hagan partícipes de sus derrotas).

30. Pedir ayuda a Dios y ponerse en las manos de la Virgen y de los Ángeles Custodios, con real abandono, para ser buenos educadores.

B) Lo que no conviene decir

Como sencillo memorandum, añadiré diez frases que conviene eliminar de nuestro repertorio: 1. «¡A mí no me haces esto!» (demuestra más amor propio que afecto hacia el hijo).

2. «Esto no se lo cuentes a papá (o a mamá)» (destruye la fuente del amor y el crecimiento familiar: la unión de los cónyuges).

3. «No sirves para nada, eres un egoísta, un embustero…» (descalifica globalmente al chico y refuerza el ejercicio del tipo de conductas que pretendemos corregir).

4. «Has hecho lo que tu querías, ahora ¡arréglatelas!» (además de orgullo herido, manifiesta falta de «simpatía y compromiso» con el hijo o la hija).

5. «Dime la verdad, de lo contrario…» (muestra desconfianza y sustituye el amor por la amenaza).

6. «¿Dónde has estado? ¿Qué has hecho? ¿Quién había?» (constituye una agresión a la intimidad, que más bien cierra cualquier posibilidad de comunicación).
7. «Haz lo que quieras, con tal de dejarme en paz» (hace poco me contaron que un chico explicaba a sus amigos que sus padres no lo querían «porque me dejan hacer lo que quiero»).

8. «Mira qué buena es tu hermana, cómo estudia, cómo ayuda» (olvida que cada persona es única y fomenta los celos, las envidias, la competitividad malsana…).

9. «La ha traído la cigüeña, o bien, son cosas que no te interesan». (imposibilita que se establezcan lazos en torno a una de las esferas en que los hijos más lo necesitan; arroja el amor a la categoría de lo innoble y dificulta cualquier posterior conversación sobre este tema).

10. «Mira que Dios te va a castigar» (distorsiona inevitablemente la imagen de Dios como Padre amoroso; sustituible con ventaja por algo como: «Dios te ve siempre, quiere tu bien, y sería estupendo que lo tuvieras muy contento»).

Tomás Melendo Granados

Catedrático de Filosofía (Metafísica) Director Académico de los Estudios Universitarios sobre la Familia

Universidad de Málaga (UMA), España

Mi novio quiere tener relaciones conmigo

Mi novio me dice que ‘físicamente’ necesita tener relaciones conmigo: ¿existe en verdad esta ‘necesidad física’?

Respuesta:

Estimada C.:

Ante todo te felicito por tus claras convicciones. Lo que piensas acerca del noviazgo y del matrimonio es muy acertado. Y lo más importante de todo: de vivir del modo que te ha enseñado tu madre depende la felicida d del matrimonio.

En el matrimonio el sexo es algo muy importante; pero no es lo más importante y sobre todo: no es lo únic o importante. El noviazgo se ordena, entre otras cosas, a demostrarse que pueden quererse y amarse aun cuando no puedan tener sexo durante algún tiempo. En la vida matrimonial hay muchas circunstancias en las cuales no se pueden tener relaciones sexuales porque uno de los dos no puede hacerlo: durante cierto tiempo del embarazo, después de un parte, en algunas enfermedades, etc. etc. ¿Serán capaces de amar se afectiva y espiritualmente sin faltar a la fidelidad? ¿Podrás ser la única mujer de tu esposo, aunque no puedas tener relaciones con él en algunos momentos? Esto hay que responderlo en el noviazgo. ¿Cómo? Demostrando que se aman sin exigirse algo que no pueden darse todavía (por no estar casados).

Esto no es algo que tu novio pueda ignorar. De cómo lo eduques en el noviazgo dependerá en gran medida el cómo será cuando te cases con él.

No tengas miedo en quedarte para vestir santos. Si eres virtuosa y exiges virtud en tu novio, no podrá faltarte un buen esposo.

En segundo lugar, no hay ningún hombre (y ninguna mujer) que tenga tales necesidades físicas de ejercer su sexualidad que no pueda contenerse. Sólo una persona psíquicamente enferma puede pensar en ‘impulsso irresistibles’. Tu novio debe demostrarte que es capaz de mantener la castidad durante el noviazgo, es decir de que es normal; de lo contrario, cuando estés casada con él, te engañará con otra mujer cuando vue lva a sentir esos deseos físicos y tú no puedas responderle adecuadamente por enfermedad, indisposición o por cualquier otra cosa.

El decirte que los demás pueden pensar que es homosexual si no tiene sexo contigo es una excusa. Si te ama y quiere respetarte, ¿qué le importa lo que piensen los demás? Además, son justamente algu nos

homosexuales los que tienen relaciones con mujeres (e incluso se casan) para que los demás no piensen que son homosexuales (hay casos famosos).

Finalmente, no es verdad que la Iglesia permita el sexo fuera del matrimonio en los hombres y no en las mujeres: fuera del matrimonio, todo acto sexual es ilícito tanto para el hombre como para la mujer. Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica (nn. 2348-2349): ‘Todo bautizado es llamado a la castidad. El cristiano se ha ‘revestido de Cristo’ (Ga 3,27), modelo de toda castidad. Todos los fieles de Cristo son llamados a una vida casta según su estado de vida particular. En el momento de su Bautismo, el cristiano se compromete a dirigir su afectividad en la castidad. La castidad debe calificar a las personas según los diferentes estados de vida: a unas, en la virginidad o en el celibato consagrado, manera eminente de dedicarse más fácilmente a Dios solo con corazón indiviso; a otras, de la manera que determina para ellas la ley moral, según sean casadas o célibes. Las personas casadas son llamadas a vivir la castidad conyugal ; las otras practican la castidad en la continencia. ‘Existen tres formas de la virtud de la castidad: una de los esposos, otra de las viudas, la tercera de la virginidad. No alabamos a una con exclusión de las otras. En esto la disciplina de la Iglesia es rica’ [San Ambrosio]’.

A continuación transcribimos un mensaje que nos hizo que nos hizo llegar un joven después de haber ledío este artículo

P. Fuentes:

Es la primera vez que yo ingreso en esta página, y lo primero que me interesó fue este apartado de problemas en el noviazgo.

Leí sobre la experiencia de la señorita que ha tenido dificultades con su pareja por el problema de las relaciones sexuales antes del matrimonio, yo me identifico con ella porque yo también pasé por allí, adem ás este es un problema que está atacando mucho a los noviazgos; y yo no logré mejorar hasta que decidimo s hablar con nuestro párroco.

Yo he visto a través de la experiencia la gran ayuda que uno recibe al consultarlos, pero no niego que el pecado de la fornicación nos engaña y nos hace sentir vergüenza para evitar consultarlos.

Aconsejo que consulten con su párroco lo más pronto posible, ya que lamentablemente mi noviazgo termin a consecuencia de no hablar a tiempo, y cuando lo hice, la relación ya estaba muy dañada, incluso teníamos plan de casarnos y todo se acabó. No hay que darle ocasión al demonio de tentarnos, y si están es nua comunidad pidan a los otros miembros que recen por ustedes para no caer en tentación, asimismo también ellos los cuidarán, para no estar solos en casa, en lugares oscuros, etc.

Bueno, me despido pidiendo bendiciones de nuestro Señor Jesucristo y de la Santísima Virgen Madre Maria para que este servicio siga ayudando a los Jóvenes.