El encanto de la vejez

EL ENCANTO DE LA VEJEZ

 

 

Por Fco. Lucas Mateo Seco

«Al atardecer se levantará para ti una especie de luz meridiana, y cuando creyeres que estás acabado, te levantarás cual estrella matinal. Estarás lleno de confianza por la esperanza que te aguarda»(Job 11, 17-18)

SER ANCIANO implica haber vivido una prolongada existencia, encontrarse al final de un largo viaje, quizá demasiado cansado. La ancianidad es también tiempo de despedidas. Las cosas y los afanes le van dejando a uno. También la gente querida que ha partido antes que nosotros. Con frecuencia, como recuerda Ovidio, se siente el abandono de quienes más nos debían. La ancianidad es antesala natural de la muerte y del juicio divino; antesala, según el plan de Dios, del gozo y descanso eternos. Pero no se puede olvidar que la ancianidad pertenece todavía al tiempo del peregrinaje terreno. Es, por tanto, tiempo de prueba, tiempo de hacer el bien, tiempo de labrar nuestro destino eterno, tiempo de siembra. No puede concebirse la vejez como una época fácil de nuestra vida. A los trabajos propios del peregrinaje sobre la tierra —eso es la vida humana— se suman la progresiva pérdida de fuerzas, la inercia de cuanto se ha obrado anteriormente, los característicos defectos de la vejez contra los que es necesario luchar, los inconvenientes que plantea este siglo nuestro tan inhumano.

Es inevitable envejecer; pero no se puede ser buen anciano —y son tan necesarios— sin mucha gracia de Dios y sin una continua lucha personal. Por ello, la vejez, que es tiempo de serena recogida de frutos, puede ser también tiempo de naufragios. Se atribuye al general De Gaulle esta descripción amarga de la ancianidad: «La vejez es un naufragio.» La frase debe calificarse en ocasiones como de muy justa. No es sólo un naufragio de las fuerzas físicas o una disminución paulatina de las mismas fuerzas morales: inteligencia y voluntad. Es un naufragio de todo el hombre. Digamos que en la vejez puede revelarse con todas sus fuerzas —y sin piadosas vendas que lo oculten—el naufragio de toda una vida. Tantas veces el estrepitoso derrumbamiento moral de la vejez muestra que se naufragó en la adolescencia, en la juventud, en la madurez. Metido en la corriente de la vida, se intentó almacenar, como el cocodrilo, las pequeñas piezas cobradas en sórdidas cacerías, y el paso del tiempo lo único que hace es difundir su olor a podrido.

En oposición a la adolescencia —que es tiempo de promesas y de esperanzas, tiempo en que el ensueño desdibuja los perfiles de las cosas y de las acciones—, la ancianidad es tiempo de recuento, de verdad desnuda, de examen de conciencia. Y aquí radica no poco de su utilidad y de su grandeza. Digamos que la misma debilidad de la vejez es su mayor fuerza y, a una mirada cristiana, uno de sus principales encantos.

Y no es que sea aceptable la concepción heideggeriana del hombre como un ser-para-la-muerte, un ser que alcanzase su realización en la propia destrucción. Quédese esto para quienes conciben al hombre como un ser vomitado con la amargura de quien se cree hijo del azar y no de una omnipotente y amable sabiduría creadora. E1 hombre no es fruto del azar. Su misma estructura material ha sido delineada por la sabiduría amorosa del Creador; infundióle Dios un alma inmortal, capaz de conocer y de amar trascendiendo lo efímero, capaz de desear una vida y un amor eternos. El hombre fue creado para vivir, y no para envejecer o morir.

Y. sin embargo, la misma debilidad de la vejez —que es un mal, en cuanto que es carencia de vida— es su mayor fuerza. Lejanos ya los sueños de la adolescencia y los delirios de la juventud, el anciano puede enfrentarse a la verdad con una sobriedad y con un realismo superiores a los de las demás épocas de la vida. Se hace así más fácil descubrir con una nueva nitidez lo que es importante y lo que es intrascendente, distinguir lo fugaz de lo que permanece. La ancianidad pertenece al ciclo vital humano. Antesala de la muerte, la vejez prepara para el encuentro definitivo con Dios, para ese juicio divino que va a recaer sobre toda nuestra existencia.

La debilidad inherente a la vejez ayuda a despojarse de todo vano afán, de toda estúpida soberbia. Si a lo largo de la existencia el hombre superficial ha podido olvidarse de su humilde origen, de que ha sido hecho, de que es una débil criatura, la vejez le otorga una oportunidad inmejorable para volver al sentido común, a la contemplación de las realidades elementales. La ancianidad facilita el cumplimiento de aquella primera regla del ideal apolíneo —conócete a ti mismo—, expresión que en su sentido inicial quería decir: conoce tus limitaciones, tu condición mortal respecto a los inmortales, para que no te rebeles contra ellos. En definitiva, es buena época la ancianidad para que Dios siga colmando aquel deseo suplicante que formulaba San Agustín: Domine, noverim me, noverim te; que me conozca a mí, que te conozca a Ti, Señor.

La ancianidad es tiempo de recoger frutos y tiempo de siembra. Siendo un mal, Dios la ha permitido, porque de ella pueden surgir bienes superiores. E1 dolor, la soledad, la sensación de impotencia, se convierten —tantas veces— en imprescindible colirio para curar los ojos del alma y abrirlos a las realidades trascendentes. También la ancianidad está bajo la mano providente y amorosa de nuestro Padre Dios.

La medicina divina es enérgica, pero el hombre sigue siendo hombre y libre: puede no aprovecharla. Es posible que quien naufragó a lo largo de toda su vida naufrague también en esta última época, ya cercana la última batalla entre el pecado y Dios, en que se juega la suerte eterna. El proceso de involución, que se inició con el primer pecado y que ha podido irse acelerando —generalmente por la pereza y la soberbia—, puede seguir avanzando, y la egolatría terminar en un lamento estéril por el ídolo caído. Se avanzaría así, casi inexorablemente, hacia el endurecimiento total del corazón, precursor del infierno. Y es que la ancianidad, como toda época de la vida, puede ser bien vivida o mal vivida; pero es una época quizá fatigosa —¿cuál no lo es?—, en la que Dios nos espera, nos asiste, llama a la puerta de nuestro corazón, y en la que tiene más importancia de lo que a veces sospechamos la respuesta de nuestras libres decisiones.

No es la vejez una época vacía o inútil. Es época de lucha ascética, de heroísmo, de santidad. A pesar de la decadencia física, la gracia de Dios rejuvenece el alma con fuerzas sobrenaturales, hacienda la santidad tan asequible como en la adolescencia.

Pero decíamos que, a una mirada cristiana, la ancianidad tiene un encanto especial, como la niñez, la enfermedad o la pobreza. En efecto, si cada hombre es Cristo, los débiles lo son especialmente. Dios, que es misericordioso con todas sus criaturas, siente una ternura especial por las más desamparadas. Los enfermos, los niños, los ancianos son de una forma especial el mismo Cristo que nos sale al encuentro. Resuenan con fuerza eterna aquellas palabras del Maestro en la descripción del juicio final: «Venid, benditos de mi Padre, entrad a poseer el reino que os está preparado desde el principio del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber (…); estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; (…) En verdad os digo, cuantas veces se lo habéis hecho a uno de los más pequeños de estos mis hermanos, a mí me lo habéis hecho» (Mt. 25, 34-40)

Los ancianos constituyen en realidad una parte importante del tesoro humano y sobrenatural de la humanidad entera. La picaresca de un mundo deshumanizado —precio inherente al ateísmo— se esfuerza en poner de relieve que los ancianos son una carga, subrayando sus defectos. A este triste materialismo hedonista sólo hay un yugo que no le parece insoportable: la esclavitud a placeres desnaturalizados en un frenesí cada vez más insaciable.

No es verdad que los ancianos sean inútiles o constituyan una carga difícil de soportar, aunque a veces su misma debilidad material les convierta en ocasión de que los hombres y la sociedad entera practiquen con ellos la virtud de la caridad en cumplimiento de unas dulces obligaciones que, casi siempre, dimanan de estricta justicia. ¡Ellos, en cambio, aportan tantas cosas con su presencia! Nos dieron mucho, cuando se encontraban en plena fuerza; nos lo dan ahora, en el ocaso de su vida, con su presencia venerable, con su sufrimiento silencioso, con su palabra acogedora. Privar a la humanidad de los ancianos sería tan bárbaro como privarle de los niños. Dios cuenta con los ancianos para el bien de todos nosotros. Ellos son útiles en tantas cosas humanas; son útiles, sobre todo, en el aspecto sobrenatural. Forman parte del Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia, y lo enriquecen con su santidad, con su oración, con sus sacrificios. Si ninguna vida es inútil a los ojos de Dios, mucho menos puede serlo la de aquellos que sufren física o moralmente. Estas vidas, en las que se refleja con especial vigor la Cruz de Cristo, adquieren a la mirada divina un relieve y un valor inexpresables.

Los ancianos, vivificados par la gracia de Dios, pueden ejercer ese «sacerdocio real» de que habla San Pedro (1 Pedr 2, 5 ), ofreciendo su vida —unidos a Cristo— como acción de gracias, como impetración, como reparación. La vida, entonces, se ennoblece, y el alma descubre horizontes de universalidad insospechados. Se puede palpar lo certero de esta afirmación de monseñor Escrivá de Balaguer: «Si sientes la Comunión de los Santos —si la vives— serás gustosamente hombre penitente. Y entenderás que la penitencia es gaudium etsi laboriosum —alegría, aunque trabajosa—, y te sentirás aliado de todas las almas penitentes que han sido, y son y serán» (Camino, n. 548~.

Es la vejez tiempo de sufrimiento, tiempo de santidad, tiempo de hacer el bien. Es la vejez, también, tiempo de despedida; y en las despedidas se suelen decir las cosas más importantes. No es la vejez —no puede ser— tiempo de jubilación en lo que se refiere a la ayuda humana y sobrenatural a los demás. Aunque las circunstancias han cambiado, permanecen en su sustancia las mismas obligaciones y los mismos lazos entrañables que fuimos adquiriendo durante la vida. Ningún bien nacido puede recordar a sus padres, ya ancianos, sin conmoverse. Cuando la muerte nos los arrebata, sentimos una irreparable pérdida, nos duele la orfandad, aunque les sabemos en el cielo. No es sólo la sensación lógica de haber perdido la tierra donde hundíamos nuestras raíces; es, por encima de eso, el claro convencimiento de que con ellos se nos ha ido el cariño más desinteresado, de que hemos perdido nuestra mejor custodia. Nos damos cuenta, quizá demasiado tarde, de que, a pesar de su invalidez, eran nuestro mejor tesoro, de que con su presencia nos hacían mucho bien. Nos conforta la seguridad de que, ahora de una forma invisible, nos siguen custodiando desde el cielo, de que conservamos los mismos vínculos, ahora más queridos y beneficiosos. Y nos queda el orgullo de que en ningún momento, ni siquiera en los de su mayor postración, nos fueron inútiles. Su rostro deseado, surcado por las arrugas de tantos sufrimientos, es ahora una de esas pequeñas luces que iluminan indeficientemente la noche de nuestra vida. De su mano —que antaño nos enseñó a andar— y de la mano de Santa María, que es Madre del Amor Hermoso, del temor, de la ciencia y de la santa esperanza (cfr Eccli. 24, 24), podemos aprender —aún en nuestra misma ancianidad— esas lecciones que son las que más importan, las que orientan toda la vida hacia su verdadero centro: hacia esa Hermosura, esa Bondad y ese Poder indeficientes de nuestro Padre-Dios; hacia esa fecundidad del espíritu que no mengua cuando el vigor de la carne muere.

 

Amor y matrimonio cristianos

EL AMOR Y EL MATRIMONIO DESDE LA PERSPECTIVA CRISTIANA HOY EN DÍA

 

 

La profecía de Daniel nos dice que habrá tiempos difíciles (Cfr. Dn 12,1-3).

 

Que se salvarán todos los escritos en el libro.

 

Y el Evangelio nos dice que en estos tiempos difíciles todo pasará, menos la palabra de Jesús.

 

En los tiempos en los que nos ha tocado vivir también puede haber desconcierto, pero siempre el Señor nos da a qué agarrarnos.

 

Unos dicen unas cosas y otros dicen otras. Hay gente desconcertada que no sabe dónde está la verdad.

 

En temas fundamentales como el matrimonio, el noviazgo… la gente no sabe muchas veces a qué atenderse.

 

Pasa lo mismo que en los tiempos de San Pablo que nos cuenta, en su Carta a los Romanos todas las barbaridades que cometían contra el sexto Mandamiento (cfr. Rm 1,24 y ss). No os leo la descripción porque es muy desagradable.

Ahora pasa lo mismo. No se tienen ideas claras sobre el noviazgo y el amor en el matrimonio.

 

Hace unos días me dijeron que venían cuatro de mis sobrinas a Granada. Llegaron de incognito.

 

Venían a celebrar la despedida de soltera de una de ellas, que se casa en noviembre. Me enteré de que estaban. Y quedé en verlas.

 

Me encontré con ellas en la plaza del ayuntamiento: llevaban un megáfono, pegatinas y carteles.

 

Eran de un partido feminista, y en los cartelitos que habían hecho aparecía la foto de la sobrina que se va a casar. Y ponía un lema: Vota Armenta.

 

VOTA ARMENTA

 

Así que ya podéis imaginaros, que el tal Armenta es el novio, y ella la candidata de ese partido político.

 

En realidad él trabaja con una conocida marca de material deportivo. Así que la novia, en el día de su boda, vestirá de blanco sevillista la última vez en su vida.

 

Porque en adelante la equipación se la proporcionará el novio. Que a partir de ahora será su sponsor para toda la vida.

 

Hace unos días le pregunté al novio, que si veía algún tema interesante para tratarlo en la homilía de la boda:

 

Sí, claro. Puedes hablar de lo que es el matrimonio. Va a ver mucha gente joven, y puede interesarle.

 

Efectivamente es difícil tener las ideas claras sobre el matrimonio, pero no es cosa solo de ahora.

 

Pues ante el asombro de los Apóstoles, el Señor habla sobre la verdad del matrimonio: que es uno con una y para siempre.

 

Y LAS PALABRAS DE JESÚS NO PASARÁN

 

Hay gente que dice que son progresistas, pensando que los demás son retrógrados.

Que la Iglesia, con el tiempo, tiene que cambiar en muchas cosas. Que eso de que el matrimonio sea uno con una y para toda la vida, que depende.

Y dicen: –somos, los progresistas, los que tenemos que ir por delante, cambiando estructuras de la cúpula.

Cuando pase el tiempo, los burócratas nos darán la razón. Hay que esperar y forzar.

 

¿PROGRESISTA O RETRÓGRADO?

 

Si Jesús viviera ¿qué sería? ¿Progresista o retrógrado? ¿Teólogo avanzado o miembro de la jerarquía?

 

Algunos dicen: –La Iglesia tiene que adaptarse a los tiempos. Roma tiene que cambiar.

Y piensan: Gracias a Dios que hay gente que no le hace caso al Papa dentro de la Iglesia.

 

Si viviera Jesucristo, ¿qué postura tomaría con respecto al matrimonio actual? Esto es lo que debemos pensar.

 

Los fariseos eran los teólogos de aquella época, amigos de disquisiciones. Pensaban cosas y no las hacían, siempre críticos y nada sencillos.

 

Jesús, hablando del divorcio que habían introducido los judíos progresistas, les decía a sus discípulos: –En un principio no fue así…

Nuestro Señor se decanta por la verdad. Independientemente de si ocurrió hace 200 años, o de si estaba de moda.

 

Y dijo: –El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.

Es absurdo pensar en progresistas y retrógrados. Porque, lo diga quien lo diga, el matrimonio siempre será uno con una y para toda la vida.

Nosotros no creemos por los teólogos, ni por los curas, ni por los obispos. Creemos por Jesucristo.

 

Las distinciones dentro de la Iglesia, entre progresistas y retrógrados, son políticas. Los que dicen eso parece que no tienen fe.

 

Por eso se preguntan: ¿qué partido tomaría Jesucristo si viviera ahora?

Lo que no saben es que Jesús vive. Esto es precisamente lo que ellos no creen.

No es Jesús un personaje que existió, sino que ahora mismo está con nosotros.

 

HAY COSAS QUE PUEDEN CAMBIAR

 

Es verdad que hay cosas que pueden cambiar.

 

Y Jesús no tiene varias verdades dependiendo de la época.

Es cierto que hay cosas humanas que pueden cambiar, porque son accidentales, pero otras cosas siempre serán así.

 

Por eso hay que enterarse de lo que piensa nuestro Señor, no de lo que piensan los hombres.

 

Para eso ha puesto Jesús al Papa. La Roca donde se apoya su Iglesia.

Al Papa no lo hemos puesto nosotros ni la UNESCO. Lo ha puesto el mismo Dios.

Jesús dio su palabra y la mantiene. No puede cambiar.

 

Y dijo: –Sobre esta Piedra edificaré mi Iglesia… y los poderes del infierno no prevalecerán… Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo.

Jesús no tiene dos verdades. Una para los progresistas y otra para los retrógrados. Alguien estará equivocado… hay que decidir.

Pero los inscritos en el libro son los que creen en lo que dice Jesús. También sobre el matrimonio.

 

LA VERDAD DE DIOS SOBRE EL MATRIMONIO

 

Hacer las cosas según quiere Dios, nos hace felices. Y Jesús es la Verdad de Dios.

 

A veces, los curas, cuando alguno no sabe si casarse o no, les preguntamos: Tú ¿para qué te casas?

 

El para qué quieres casarte es la prueba de la verdad del matrimonio.

 

Si la respuesta es: –Me casaría para ser feliz.

 

–Entonces es mejor que no te cases, sería el consejo.

 

Si la respuesta es: –Yo me casaría para hacer feliz a mi novia.

A ese habría que responderle: –Entonces cásate.

 

Porque así es como vas a ser feliz tú: no buscando una felicidad egoísta, sino fundamentada en el amor.

 

Y el amor hay que afianzarlo en la Verdad.

 

El Papa en su última encíclica nos habla precisamente sobre el Amor. Se han dicho tantas cosas sobre este tema.

 

Para el Papa el amor no es un sentimiento pasajero, debe estar fundado en la verdad.

La verdad es que todos somos tan distintos… Por eso el amor, más que en dar o en darse está en comprender.

 

Esto es muy difícil. Intentar meterse en el interior del otro: y se consigue venciendo el egoísmo.

 

Y la entrega es lo definitivo en nuestra vida: es lo que queda. Por eso dice San Pablo que el Amor no pasará.

 

María es la Madre de Dios, trajo la Verdad al mundo.

 

Ella también vota Armenta.

 

 

Fuente: http://forodemeditaciones.blogspot.com/search/label/-%20PARA%20GENTE%20JOVEN

Imposición violenta de una minoría

 

 

Ejemplos de la imposición violenta y “legal” de una visión minoritaria que de hecho discrimina a la normalidad y al sentido común.

Esto va a más….

 

Grave retroceso para la libertad religiosa

En lo que se califica como un grave retroceso para libertad de expresión y la libertad religiosa en los Estados Unidos, la Corte Suprema de ese país dictaminó que un grupo de estudiantes cristianos no tienen derecho a reglamentar la pertenencia a su asociación.

 

El 28 de junio pasado se conoció la sentencia en la que por 5 votos contra 4, la Corte Suprema refrendó la decisión de la Corte de Apelaciones del Noveno Distrito, que negó el derecho a un grupo de estudiantes cristianos de ser reconocidos como asociación, ya que sus reglamentos excluyen a no cristianos y a aquellos cristianos que vivan un “estilo de vida sexual inmoral”.

 

El caso llegó a la Corte a raíz de la decisión del Hastings College of the Law de la Universidad de California (San Francisco), de no reconocer a la asociación de estudiantes Christian Legal Society (CLS). Los reglamentos de la asociación exigían no sólo la pertenencia al cristianismo, sino un estilo de vida coherente con la doctrina cristiana, y establecían que sus miembros, de no mantener un estilo de vida sexual moral, podían ser excluidos, perder su derecho elegir autoridades o a ser elegidos. La Corte de Apelaciones dio la razón a la universidad, y la Corte Suprema confirmó ese fallo, declarando que esas cláusulas “discriminaban por pertenencia religiosa y por orientación sexual”.

 

El fallo fue redactado por la jueza Ruth Bader Ginsburg, conocida por su postura eugenista. Ginsburg declaró el año pasado al New York Times que el fallo Roe vs. Wade, que liberalizó el aborto en Estados Unidos, evitó el crecimiento de grupos de personas “de las que no queríamos que hubiera muchos”.

 

 

 

 

 

 

Abolir el celibato del clero católico

Recordemos que en el Reino Unido, el anterior gobierno del laborista Gordon Brown, intentó obligar a la Iglesia Católica a incorporar al ministerio sacerdotal a mujeres y a homosexuales y a abolir el celibato de los clérigos.

 

En diciembre pasado, los obispos de Inglaterra y Gales denunciaron que la entonces Ministro de Igualdad, Harriet Harman, quería prohibir que el clero católico estuviera compuesto sólo por hombres célibes.

 

Richard Kornicki, un ex alto funcionario del Ministerio del Interior, coordinador parlamentario de la Conferencia Episcopal, declaró que la Iglesia podría ser perseguida por discriminación sexual si rechazaba a mujeres o a homosexuales activos como candidatos al sacerdocio, de acuerdo al proyecto de ley de Igualdad que preparó Harman. Según el proyecto no se podía impedir que los sacerdotes se casaran (con mujeres o con hombres), realizaran operaciones de cambio de sexo, mantuvieran estilos de vida abiertamente promiscuos, o realizasen cualquier otro tipo de actividades reconocidas como “formas legales de expresión sexual”.

 

Según el esquema del proyecto, los ministros religiosos eran convertidos en una especie de empleados públicos, a los que el Estado les otorgaba derechos y fijaba deberes. En ese momento, los obispos también denunciaron que el proyecto de ley podría significar el fin de la celebración pública de la Navidad y advirtieron que las escuelas y centros de asistencia católicos podrían verse obligados a quitar los crucifijos y las imágenes sagradas de sus paredes en el caso de que esas imágenes “ofendieran” a los trabajadores de la limpieza.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El proyecto llegó a tratarse en el Parlamento. Las protestas de los obispos católicos y anglicanos, así como de muchos fieles cristianos, hicieron que el gobierno abandonara sus pretensiones tiránicas. En esa marcha atrás tuvo particular importancia el discurso de Benedicto XVI a los obispos católicos ingleses del 1 de febrero de 2010. Sobre la igualdad de oportunidades, el Papa dijo: “Algunas leyes delineadas han llevado a imponer limitaciones injustas a la libertad de las comunidades religiosas para actuar de acuerdo con sus creencias. En algunos puntos se viola incluso la ley natural, sobre la que se funda la igualdad de todos los seres humanos y mediante la cual se garantiza esa igualdad”.

 

Despedido por enseñar la doctrina católica

Kenneth Howell, profesor católico, de la Universidad de Illinois fue despedido de su cátedra tras enviar en mayo, a sus alumnos del curso de doctrina católica, un correo electrónico en el que explicaba que los actos homosexuales eran contrarios a la ley moral natural. Desde 2001, Howell enseñaba Introducción al catolicismo y al pensamiento católico moderno, en el ámbito del Department of Religion de la Universidad.

 

El correo electrónico fue reenviado a la Office of Gay, Lesbian, Bisexual, and Transgendered Concerns (Oficina para asuntos de Gays, Lesbianas, Bisexuales, y Transexuales) de la universidad, por un estudiante anónimo que ni siquiera es alumno del curso de Introducción al cristianismo, el cual se declaró “ofendido” por el contenido del mismo, y acusó a Howell de difundir “mensajes de odio”. Eso bastó para que Robert McKim, responsable del Departamento de Religión, comunicara al profesor Howell su cese, sin darle explicaciones sobre el procedimiento seguido, ni oportunidad de defenderse.

 

Como consecuencia Howell, también perdió su trabajo en el college católico Newman, adscrito a la universidad y dependiente de la diócesis de Peoria. El college se encarga de proveer al Departamento de Religión profesores de religión católica. Howell llevaba en la institución 12 años.

 

 

 

 

El caso se encuentra en manos de los abogados del Alliance Defense Fund, una institución legal que se dedica a la defensa de la libertad religiosa, la santidad de la vida humana y los valores familiares.

 

Se reduce la actividad social de la Iglesia

En febrero pasado, Catholic Charities de la Arquidiócesis de Washington, dio por terminado el programa de adopción de menores que desarrollaba desde hace 80 años. La medida se debe a la entrada en vigor en el Distrito de Columbia de la ley de “matrimonio entre personas del mismo sexo” (Civil Marriage Equality Act) y la imposibilidad de obedecer una ley inicua que manda entregar menores en adopción a parejas homosexuales. (Vid. NG 755, 847, 1015)

 

Listas negras de escolares

En Gran Bretaña, en marzo, el entonces ministro Vernon Coaker, anunció que desde septiembre de 2010, todas las escuelas, incluidas las elementales para chicos de 6 años a 11 años, llevarán un registro de “crímenes de odio”. En dichas listas los directivos tienen que incluir a todos los alumnos que cometan faltas de homofobia, sin importar lo mínimas que sean, incluyendo los “epítetos antihomosexuales” que los chicos puedan usar dentro y fuera de la escuela. La norma es una concreción de la Ley de Igualdad Sexual de 2007 (Sexual Orientation Regulations-SOR’s). El registro de crímenes de odio será elevado a las autoridades cada vez que éstas lo soliciten.

 

Las faldas discriminan a los alumnos transexuales

También en el Reino Unido, la Equality and Human Rights Commission (EHRC), en aplicación de las Sexual Orientation Regulations (SOR’s), recomendó al gobierno prohibir las faldas en las escuelas, los hospitales y en todos los organismos gubernamentales. La EHRC considera las faldas como un elemento discriminador.

 

En concreto, bajo la legislación existente las escuelas deben evitar cualquier «discriminación» por motivos de raza, religión, género, discapacidad y orientación sexual. La Comisión considera que los colegiales transexuales (que padecen disforia de género) pueden sentirse discriminados por las faldas. (La disforia de género es el término técnico con el que se designa algún grado de disconformidad entre el sexo asignado al nacer y el percibido como propio).

Formar a los hijos en valores

Descarga la presentación aquí:

educando en valores en a familia

Educar a la generación interactiva

Educando a la generación interactiva: el desafío de los “niños pantalla”. ¿Amenaza, oportunidad o reto?

Para abordar el tema que nos ocupa, caben dos actitudes o predisposiciones radicalmente opuestas, que marcarán el tono de nuestro ensayo. La primera postura sería la del adulto que ve a la actitud (y la aptitud) de la generación interactiva (la generación de nuestros hijos) como una amenaza, un problema, algo que hay que atacar de frente porque destruye la sociedad, la enquista y la ensucia. La segunda posición, que es la que adoptaremos en este escrito, se define por una visión optimista y positiva ante lo que podríamos denominar como “niños pantalla”. Establecida nuestra visión del tema a desarrollar, procedemos a exponer distintas ideas que pudieran arrojar alguna luz a quienes estén interesados en el reto de educar a una generación que no ha traído un pan debajo del brazo, sino el ratón del ordenador o una PSP.

Cinco o seis generaciones atrás, muchos de nuestros familiares no sabían leer ni escribir; el nivel de analfabetismo en el primer mundo, aunque no alcanzaba cotas desmesuradas, si afectaba a una pequeña parte de la población. Es probable que algunos de nuestros abuelos consiguieran aprender a leer cuando ya rebasaban la mayoría de edad. Para este objetivo, usaba los autores clásicos y la unión letra a letra, sin apenas entender lo que decían. La generación anterior a nosotros se inició en la lecto-escritura con cuadernillos específicamente editados para ello, y nosotros aprendimos ya a utilizar fichas creadas para la estimulación temprana de la lectura. Si nuestros hijos mayores aprendieron a leer fijándose en las vallas publicitarias de las carreteras o mirando fijamente la marca de la caja de las galletas, ¿qué tiene entonces de malo que los más pequeños aprendan a leer mirando una pantalla de ordenador?

Las nuevas tecnologías han entrado en nuestras familias, y ello repercute de manera directa en nuestro modo de vida. Se habla no ya de la Tv-generation, sino de la Net-generation. Todavía no podemos calibrar suficientemente la repercusión del cambio de una cultura basada en los libros a una cultura multimedia dominada por los ordenadores, los teléfonos móviles, las videoconsolas, y todo tipo de artilugios con una pantalla luminosa de mayor o menor tamaño.

Tomando como fuente de información el ensayo de Begoña Gros citado por Fernando García Fernández en su artículo ¿Nuevos niños, nueva educación?, la generación digital presenta unas características especialmente relevantes: poseen una gran destreza para procesar la información con rapidez y son capaces de ejecutar varias tareas a la vez: ¿quién no ha observado a un hijo suyo jugando con el móvil a la vez que realiza los ejercicios escolares? Se ha roto la linealidad en el acceso a la información y los textos vienen siempre acompañados por una imagen. La generación digital “está creciendo en un mundo conectado sincrónica y asincrónicamente. Por este motivo, esta nueva generación tiende a pensar de forma diferente cuando se enfrenta a un problema: cualquier persona en cualquier lugar del mundo puede resolvérselo, con la única condición a priori de que esté conectada a internet”.[1] El modo de obtener la información que necesitan es inmediato; no pierden ni un minuto en consultar un manual.

Todas estas características suponen un reto nuevo y maravilloso para los padres a la hora de plantearse una nueva forma de educar a nuestros hijos. La mediación en la familia, entendida en el contexto de la educación en cuanto al uso de las pantallas en el espacio familiar, guarda relación directa con los cuatro modelos de comunicación familiar que cita el Profesor Bringué[2]. Este paradigma fue propuesto por Newcomb y define la estructura de la comunicación familiar según dos orientaciones: la social y la conceptual. Así, se pueden definir cuatro modelos distintos de comunicación familiar:

  • Laissez faire: ninguna de las dos dimensiones está suficientemente consolidada y no existe comunicación entre los padres y los hijos.
  • Protector: se potencia desde la comunicación familiar una armonía social basada en la obediencia, evitando que los niños tengan un criterio propio.
  • Se discute entre padres e hijos de manera abierta sin forzar una obediencia a la autoridad establecida. Lo que se fomenta es el contraste entre las opiniones de las distintas partes.
  • Consensuado: es un punto medio de todos los anteriores. Desde la familia se favorecen todos los tipos de comunicación pero sin que varíe la jerarquía familiar y la armonía interna.

La reflexión sobre la mediación familiar con nuestros hijos interactivos también depende de otras variables, como la edad y el sexo de los padres o sus condiciones culturales.

Siguiendo el mismo artículo del Profesor Bringué, podemos hablar de tres condicionantes de esta nueva mediación familiar frente a las pantallas. La aparición de los nuevos medios implica un nuevo modo de establecer las relaciones de autoridad entre los padres y los hijos. Los padres pertenecen a la Tvgeneration, y nuestros hijos a la Netgeneration. Poseen un conocimiento y un manejo de internet, videojuegos, móviles etcétera que “puede llegar a cuestionar su autoridad para ejercer cualquier mediación”[3]. Por tanto, la falta de conocimiento por parte de los padres es el primer condicionante de la mediación familiar hacia los hijos. Este problema puede ser superado, lo cual implica cierto esfuerzo por nuestra parte. Aprender a manejar un móvil con el dedo pulgar de la mano derecha no es cosa fácil. En segundo lugar, podemos decir que en la mayoría de las familias son las madres las que han ejercido la labor mediadora hasta la aparición de las nuevas pantallas. Los medios más controlados por los progenitores son la televisión y el teléfono, cuestión que una vez más depende de la madre. Sin embargo, la figura paterna parece hacerse cargo del uso de internet y de los videojuegos. En último lugar, es importante tener en cuenta que han cambiado los contenidos específicos que los padres deben controlar en las nuevas tecnologías. Cuestiones como la violencia o el sexo parecen ocupar los primeros lugares en cuanto al objeto de preocupación de los padres. Otra fuente de conflictos frecuentes se encuentra en el número de horas que los hijos dedican al uso de las nuevas pantallas, lo cual suele repercutir directamente en el rendimiento escolar; en definitiva, “la mediación familiar se basa, en gran medida, sobre el cuanto y abandona el objetivo de trazar criterios sobre el que, y termina centrándose exclusivamente en la resolución de conflictos derivados de la competencia entre distintas actividades”[4].

Qué duda cabe que la vida familiar ha cambiado. Sin embargo, frente a la visión negativa de quienes ven en los nuevos medios tecnológicos un problema para nuestros hijos, es importante analizar las ventajas y oportunidades que estos medios proporcionan para la educación en las distintas etapas de la niñez, adolescencia y juventud. Vivimos en un mundo global, vivimos en el mundo de la imagen. Información sin imagen no sirve, texto sin fotografía no tiene valor para el gran público. La imagen es siempre algo bueno (la buena imagen) porque completa y complementa la información. La imagen comunica, la imagen es bella. Por esto, es importante aprender a discernir la bondad o maldad de la imagen que uno tiene delante. El ejemplo de los padres es una vez más, decisivo a la hora de educar a nuestros hijos en el uso de las nuevas tecnologías: “nuestro uso de internet es el marco de referencia a imitar por parte de los hijos. Al igual que ocurre con la tele o la revistas, el “como” nosotros utilizamos estos medios habla a nuestros hijos del auténtico deber ser”[5].

Hemos citado anteriormente que una de las preocupaciones predominantes de los padres es el peligro que supone para nuestros hijos la percepción visual inmediata de imágenes de sexo o violencia. También es motivo de preocupación frecuente la pederastia o el abuso sexual. En el caso del chat o del Messenger estas cuestiones son especialmente conflictivas. No es lo mismo un Messenger que un chat. En el primer caso el anonimato es menor, y por tanto parece que podría haber un menor peligro en cuanto al ocultamiento de la identidad. Ambos son sistemas de mensajería instantánea, y es el medio más utilizado por los jóvenes hoy en día. Este tipo de comunicación obliga de algún modo a los padres a ejercer una vigilancia constante sobre los rápidos dedos de nuestros hijos. En el libro anteriormente citado se mencionan algunas normas de prudencia: que el chat sea cerrado, que esté moderado y necesite acreditación. Es necesario vigilar a la lista de contactos y fijar el lugar, el momento y la duración del chateo. Debemos advertir a nuestros hijos que nunca deben facilitar datos personales a través de internet. La instalación de filtros y otras herramientas de seguridad casi se da por supuesta en la mayoría de las familias.

Sin embargo, es necesario educar la responsabilidad de nuestros hijos para que adquieran criterio para dar un buen uso a lo que, en sí mismo, no tiene por qué ser negativo: la imagen y la comunicación. Es en la familia principalmente, con la ayuda de la formación y educación que se imparte en el colegio, donde se debe perfilar y dar las claves a los niños y adolescentes para que adquieran ese criterio del que hablamos, aún sin ser conscientes ellos mismos. Hablamos, en el fondo, de algo que comúnmente se llama educación de la sensibilidad. Dar criterio sobre el uso por parte de los padres a los hijos les enseñará a distinguir lo que está bien de lo que está mal. Profundizar sobre esta cuestión supone un esfuerzo importante para los padres, puesto que nos obliga en cierto modo a formarnos en una materia que apenas acabamos de empezar a dominar. ¿Dónde se encuentra el límite entre lo que se puede ver y lo que no? ¿Cómo sé si estoy en el punto de la adicción o del simple uso? ¿Estoy enganchado -está mi hij@ enganchad@- al chat, al móvil, a la PSP, a internet? ¿Qué problema hay en tuenti y facebook? Los adultos, los padres, no podemos hablar de estos temas y dar cánones de comportamiento a nuestros hijos, llegando incluso a prohibir su uso, si no conocemos este mundo desde dentro. Refiriéndonos a los cuatro modelos de comunicación familiar que hemos citado, debemos tender a un modelo consensuado. Esta situación supone, evidentemente un nuevo modo de comunicación intra-familiar que permite educar y dar criterios de actuación a la generación interactiva.

La actividad mediadora de los padres está cambiando; no podemos culpar de este cambio a la aparición de las nuevas pantallas, puesto que esto supondría cierta simplicidad por nuestra parte. Sin embargo, un nuevo modo de vida exige un nuevo modo de educación, sin olvidar toda la carga experiencial que poseemos. Podríamos citar diversos estudios e investigaciones sobre la generación interactiva. Destacamos la investigación realizada por Xavier Bringué y Charo Sádaba[6]. El estudio fue realizado entre los años 2005 y 2007 sobre 10.394 alumnos procedentes de nueve comunidades autónomas. El objetivo del trabajo es “investigar a escolares que se sitúan en vanguardia en el uso de las diversas pantallas”[7]. En el estudio se reflejan tablas, gráficas, etc. El cuestionario dado a los alumnos consta de 98 preguntas. Se tiene en cuenta la estructura familiar, el nivel educativo de los progenitores y el entorno escolar. Como el artículo es exhaustivo nos resulta imposible reflejar los datos completos en éste escrito, puesto que el contenido de las preguntas es muy amplio. Remitimos directamente a su lectura.

Las respuestas son tremendamente esclarecedoras a la hora de interpretar los comportamientos de niños y jóvenes frente a las nuevas tecnologías. Por citar un ejemplo, frente a la pregunta “¿qué prefieres hacer después de cenar?”[8], el 30% prefiere mirar la televisión, el 10% a escuchar música, algo más de un 5% charlar con sus padres y hermanos, un 20% conectarse a internet, un 10% videojuegos, y uno 8% irse a dormir. De esta simple pregunta, podemos concluir que domina claramente el uso de las pantallas, sean del tipo que sean.

Pero los padres no podemos demonizar a la “generación interactiva” viendo sólo su lado negativo, sólo aquello que consideramos perjudicial, y menos aún si no lo hemos comprobado desde dentro, si no conocemos lo que es, su jerga, su esquema mental regido por la imagen visual y la interactividad. Es en este sentido en el que el Profesor Bringué habla de que “en el hogar, el adolescente debe adquirir las pautas y criterios sobre el uso de las pantallas por interacción con padres y hermanos”. Aprovechemos pues, la dimensión interactiva de las nuevas tecnologías para mejorar la convivencia familiar dirigiendo nuestros esfuerzos educativos para conseguir una integración-interacción familiar feliz y satisfactoria.

Por Isabel Rincón García

[1] GARCÍA FERNÁNDEZ, F. Nuevos niños, nueva educación. Colegio Irabia. 2006

[2] BRINGUÉ SALA, X. Las pantallas y la familia. Universidad de Navarra. 2006

[3] BRINGUÉ SALA, X. Art.cit. pág. 345

[4] BRINGUÉ SALA, X. Art. Cit.

[5] GARCÍA FERNÁNDEZ, F. y BRINGUÉ SALA, X. Educar hijos interactivos. RIALP. Madrid. 2007. Pág. 51

[6] BRINGUÉ, X. y SÁDABA, Ch. Una generación frente a las pantallas. RIALP. Madrid. 2009

[7] BRINGUÉ, X. y SÁDABA, Ch. Op. Cit. Pág 59

[8] BRINGUÉ, X. y SÁDABA, Ch. Op. Cit. Pág 111

Ecopanteismo

Benedicto XVI advierte contra el nuevo “ecopanteísmo”
El hombre es superior a la naturaleza, afirma el Papa

CIUDAD DEL VATICANO, martes 15 de diciembre de 2009 (ZENIT.org).- El respeto de la naturaleza está “estrechamente relacionado” con el respeto a la persona humana, pues “el libro de la naturaleza es único”.

Por tanto, el respeto del medio ambiente no puede ir en contra del respeto a la persona humana, a su vida y a su dignidad. Al contrario, el hombre es superior al resto de la creación, y por ello tiene el deber de cuidarla y protegerla.

Así lo afirma el Papa Benedicto XVI en su mensaje con motivo de la próxima Jornada Mundial de la Paz, que se celebrará el 1 de enero de 2010, y que ha dedicado este año a la cuestión del respeto medio ambiente, necesario para promover la paz en el mundo.

En el mensaje, el Papa advierte contra las actuales tendencias filosóficas que llevan a considerar al ser humano como un peligro para el medio ambiente, y que incluso propugnan el control de la población como una medida de protección de la naturaleza.

Benedicto XVI explica que “una correcta concepción de la relación del hombre con el medio ambiente no lleva a absolutizar la naturaleza ni a considerarla más importante que la persona misma”.

“El Magisterio de la Iglesia manifiesta reservas ante una concepción del mundo que nos rodea inspirada en el ecocentrismo y el biocentrismo, porque dicha concepción elimina la diferencia ontológica y axiológica entre la persona humana y los otros seres vivientes”.

De este modo, advierte el Papa, “se anula en la práctica la identidad y el papel superior del hombre, favoreciendo una visión igualitarista de la ‘dignidad’ de todos los seres vivientes”.

Este “igualitarismo” falso forma parte, explica, “de un nuevo panteísmo con acentos neopaganos, que hace derivar la salvación del hombre exclusivamente de la naturaleza, entendida en sentido puramente naturalista”.

“La Iglesia invita en cambio a plantear la cuestión de manera equilibrada, respetando la ‘gramática’ que el Creador ha inscrito en su obra, confiando al hombre el papel de guardián y administrador responsable de la creación, papel del que ciertamente no debe abusar, pero del cual tampoco puede abdicar”, aclara.

El Papa explica que “hay una cierta forma de reciprocidad: al cuidar la creación, vemos que Dios, a través de ella, cuida de nosotros”.

“En efecto, también la posición contraria de absolutizar la técnica y el poder humano termina por atentar gravemente, no sólo contra la naturaleza, sino también contra la misma dignidad humana”, añade.

Ecología humana

En este sentido, el Papa subrayó que una verdadera protección de la naturaleza está íntimamente relacionada con el respeto a la dignidad de la persona, lo que se llama “ecología humana”.

“Los deberes respecto al ambiente se derivan de los deberes para con la persona, considerada en sí misma y en su relación con los demás”, afirma el Pontífice.

En este sentido, subraya la importancia de una educación en la responsabilidad ecológica que “salvaguarde una auténtica ecología humana”.

Es necesario afirmar “con renovada convicción la inviolabilidad de la vida humana en cada una de sus fases, y en cualquier condición en que se encuentre, la dignidad de la persona y la insustituible misión de la familia, en la cual se educa en el amor al prójimo y el respeto por la naturaleza”.

“Es preciso salvaguardar el patrimonio humano de la sociedad. Este patrimonio de valores tiene su origen y está inscrito en la ley moral natural, que fundamenta el respeto de la persona humana y de la creación”, añade el Papa.

“No se puede pedir a los jóvenes que respeten el medio ambiente, si no se les ayuda en la familia y en la sociedad a respetarse a sí mismos: el libro de la naturaleza es único, tanto en lo que concierne al ambiente como a la ética personal, familiar y social”.

Benedicto XVI subraya que la Iglesia “tiene una responsabilidad respecto a la creación y se siente en el deber de ejercerla también en el ámbito público, para defender la tierra, el agua y el aire, dones de Dios Creador para todos, y sobre todo para proteger al hombre frente al peligro de la destrucción de sí mismo”.

“En efecto, la degradación de la naturaleza está estrechamente relacionada con la cultura que modela la convivencia humana, por lo que cuando se respeta la ‘ecología humana’ en la sociedad, también la ecología ambiental se beneficia”.

 

Economía y moral

 

 

About the  incompletness of Economics

and of Economic practice

Paul Dembinski

Editor of quarterly  Finance & the Common Good/Bien Commun,

professor of Economics at University of Fribourg,

director of Observatoire de la Finance (www.obsfin.ch)

 

 

After half a century of almost total black-out, the discussion on the nature and purpose of “Economics” as a science has recently resumed and reached the public domain.  Triggered by an apparently anodyne question that the Queen posed during her visit at the London School of Economics – one of the modern temples of the discipline – the old unanswered questions have made their come back.

Her Majesty is reported to have asked, alluding to the crisis: “why had nobody noticed that the credit crunch was on its way?” Eight months after the question was put, in a letter British Academy dated on 22 of July, summarises the epistemological and sociological reasons that prevented the profession from understanding clearly the signs of the times.

Surprisingly, the last papal encyclical, published a few days before the British Academy letter, provides a deeper critique of economics and of economic life, which is also an explanation of why economics failed.

“There is no free lunch” – this statement summarises the core teaching of any contemporary serious Economics or Management textbook. This means that there is no place for free gift and gratuity either in the practice, or in contemporary economic thought. But the (epistemological) nature of this statement is ambiguous: is it a “positive” statement meaning that there can’t be a “free lunch”, or a “normative” exhortation of a rule of behaviour: that there shouldn’t be any lunch, or a bit of both.

Both economic practice and theory are based on the same premise: nothing is free, everything has to be paid for.  From this follows a political recommendation: if pockets of gift and gratuity still exist, they should be eradicated in the name of the gain in efficiency which would be brought to light by being substituted with a commercial transaction.

Thus, the economic idea that has nourished political thinking during the last decades is that of the so-called “complete” markets, i.e. a situation where a market exists for everything and its opposite.

In such a context, economic efficiency is at its peak as the individual – perfectly selfish and, therefore, perfectly isolated- communicates with the rest of the world exclusively by means of prices and quantities. Thus, the intellectual building up of a society, not to say of a market civilisation, rests on a strong anthropological vision – known by the name “homo oeconomicus”.  This cornerstone of contemporary micro-economic theory has been laid down by Vilfredo Pareto in Lausanne, on the shores of Lake Geneva, where he lived at the beginning of the 20th century. Under Pareto’s pen, “homo oeconomicus” was only an exercise in style. However, in the last twenty years or so, the fundamentally selfish rationality of homo oeconomicus , totally devoid of any ethical feeling, has been used by economists as the binder in the great project (at once positive and normative) of unifying the economic theory by anchoring the foundations of macro-economics in the human nature.

The practical relevance of this intellectual construct of economics as theory has been seriously brought into question by the current crisis. A complete market world, together with homo eoconomicus, are enough to establish an entirely and exclusively economic ideal of civilisation, where the clash of selfish individuals, put into competition by the market, is sufficient to solve all problems and all conflicts through exchange transactions. An ideal of economic fundamentalism that could – if this hasn’t happened already – degenerate into an ideology.

The encyclical ‘Caritas in Veritate’, that Pope Benedict XVI released at the beginning of July, refutes point by point both the economicist ideology and the practice that could result from it. “There ought to be free lunches”, the Pope seems to say. This is so because human nature blossoms and reaches its fulfilment in generosity and in generous relations with others. Expert in humanity, the Catholic Church, authoritatively, offers   a reading of human nature diametrically opposite to that of homo oeconomicus. Charity (Caritas) can’t have another foundation or justification than that of the truth (Veritas) of the human nature. If economic practice and thought tend rather, nowadays, to pose as centres of social and individual life, Benedict XVI emphasises, on the contrary, their imcompleteness and deals them a blow with a lesson in humility.  Economics and finance are, at best, means while what is truly at stake concerns the ends. The economy must therefore serve human destiny rather than preside over it.

Although the encyclical recognises explicitly the importance of equivalent exchange, contract, profit and of the institutions that are governing them, i.e. the market and the businesses, it is more than anything else a call to go beyond them. They are necessary, but not sufficient, conditions to allow each human being and all people to fulfil their vocation of integral development. It is not a question of legislating or of acting through macro-political regulations, which have great difficulties, as it is, guaranteering a minimum of justice, but of reconfiguring in depth the behaviour of economic agents.

“The importance of this goal is such as to demand our openness to understand it in depth and to mobilize ourselves at the level of the “heart”, so as to ensure that current economic and social processes evolve towards fully human outcomes.” (para.20)

Announced, and expected, as a text on the economic crisis, the encyclical avoids a technical debate; if it touches on the crisis, it is more  a crisis of civilisation than an economic crisis.

At the heart of the diagnosis, there is the non- or ill-development of contemporary humanity, a situation that doesn’t simply come down to the material dimension only and that isn’t confined to the so-called developing countries. The current crisis then is “an opportunity for discernment, in which to shape a new vision for the future.”.  Throughout the 100 or so pages, Benedict XVI insists on a necessary double renewal in order to come out of the crisis. It is necessary to start at the beginning where there is a striking need for a “new humanist synthesis”, and with practical action, where new models and structures are to be experimented with and put into action.

This double renewal demands that human truth never be lost from sight, that such abstractions as structure, technique, progress, growth, profit or market never overcome human beings in their individuality and their uniqueness. How are we to articulate the generous aspiration to this “integral humanism” in day-to-day action? This is probably the weak point, but also the fundamental demand, of the encyclical: there are no recipes with a magic baton, there are no technical and impersonal “it’s just a question of” or “one must”. The only practicable path suggested by Benedict XVI is that we are all to act or, more realistically, that each person starts acting without waiting for others. By doing what? By putting some giving and generosity into the heart of economic practice (not aside of it), which means by going beyond the strict (and sterile) equivalence of exchange in order to write in a surplus, a dimension of giving.  A surplus, that is an increase (as in a really full measure), bearing the fruitfulness necessary for the development of lived-out solidarity. But how? This still remains to be invented, experimented with, rediscovered. There are some suggested paths: a relationship open to the future and to the other party should allow all to relax the grip of the strictly equivalent exchange and to gradually substitute anonymous and instantaneous transactions; autonomy and responsibility, another path, which imply human-size organisations. “Small is beautiful” is a discreet leitmotiv of the encyclical, as is the hope that, through a virtuous circle, ‘the business as usual” will be won over by the exemplary nature of the still-marginal practices of micro-finance, of solidarity economics and of economy of communion in which giving and generosity play a central role.

The encyclical doesn’t suggest alternatives, or a third way. It assumes the heritage of the 120 years of modern Catholic social teaching, while adapting it to the current realities. It shows a certain defiance towards the possibilities of politics – taken aback for the time being by the scale of the economic globalisation – and emphasises the direct responsibility of economic and financial agents. Thus the encyclical reminds us of an ideal horizon that humanity will never be able to reach, but that it should never loose sight of at the risk of loosing its soul. Indeed, human nature is wounded and torn between ‘the good it wants’ and ‘the evil it does’ as St Paul puts it.

In short, ‘Caritas in Veritate’ is a heavy stone in the garden of economics as science and in that of economic practice. The Pope exhorts his readers to take a fresh look at their habits of thought and basic postulates and to adapt their behaviour accordingly.

 

Divorcio por aburrimiento

Divorcio por aburrimiento

  •   5.SEP .2011
  •   Fuente: The Daily Telegraph

En un artículo publicado en The Daily Telegraph, la periodista Angela Neustatter reflexiona sobre la tendencia actual al emotivismo sobre los proyectos duraderos, lo que lleva a algunos a romper sus compromisos conyugales cuando desaparece el encanto de los comienzos.

Neustatter se apoya en las conclusiones de un informe realizado por Grant Thornton-Reino Unido, una organización especializada en el sector de la auditoría. Después de entrevistar a 101 abogados de familia, esta empresa concluye que el aburrimiento se ha convertido en la gran amenaza de las parejas para permanecer juntas.

La infidelidad, que antes encabezaba la lista de razones principales para las rupturas conyugales, ha sido ahora sobrepasada por otra causa: la de quienes afirman que “ya no estamos enamorados” o “nos hemos ido distanciando”.

Estas conclusiones están en sintonía con las estadísticas de divorcio en Reino Unido que maneja Neustatter: de media, dice, los matrimonios se rompen a los 11 años. Y también coincide con la tendencia al emotivismo en las relaciones amorosas.

Tendencia que pusieron de manifiesto Malcolm Brynin, coeditor de Changing Relantionships, un polémico estudio publicado por el Economic and Social Research Council en 2009, en el que afirma que la gente se junta y permanece unida sólo cuando obtiene una ventaja personal.

Curioso “romanticismo”

Ya se sabe que el romanticismo en una relación amorosa va y viene. El mérito de One Poll, una empresa especializada en encuestas, está en haber logrado “medir” su duración. Por lo visto, el encanto se esfuma –de media– a los dos años, seis meses y 25 días después de contraer matrimonio. Eso es precisión.

De todos modos, dice Neustatter , la desaparición del romanticismo en el matrimonio –algo que seguramente habrá ocurrido en todos los tiempos– causará más o menos estragos en función de la actitud de los cónyuges. Si las expectativas de una persona son que mi marido o mi mujer me satisfagan en todo momento, es previsible suponer que este problema no hay “romanticismo” que lo arregle.

De ahí que Neustatter piense que el enfoque adecuado ante la falta de romanticismo en el matrimonio sea el de trabajar juntos –marido y mujer– sobre la relación conyugal. Resistir, codo con codo, los momentos de adversidad. Y volver a sacar brillo al matrimonio con pequeños gestos.

Crisis superada

“Ha llegado el momento de ponerse personal”, escribe Neustatter. “Mi marido Olly y yo alcanzamos el clásico punto „por los suelos‟ en nuestra relación cuando nuestros hijos dejaron el hogar. No veíamos nada bueno en que cambiara el tamaño de nuestra familia y no encajamos bien las nuevas circunstancias; cada vez parecíamos más irritados el uno con el otro, y empezábamos la deriva hacia el distanciamiento. Sin duda, estábamos en ese momento de perplejidad en que todo hacía aconsejable la separación”.

Entonces se pararon en seco. ¿Qué pasaría si cada cual se fuera por su lado? Pues que, tarde o temprano, lo más probable –dice– es que acabarían echándose de menos tras dos décadas y media de convivencia, y acabarían echando de menos también la historia familiar que habían construido juntos.

Así que se pusieron manos a la obra. “Empezamos a comportarnos como al principio de nuestra relación, haciéndonos comidas especiales el uno al otro, escapadas al cine, vacaciones cortas para dos, comidas de domingos con nuestros hijos una vez al mes. Y mientras nos íbamos aproximando, fue posible hablar de

cómo nos habíamos ido distanciando y de la gozada de crecer juntos otra vez”.

El que Neustatter haya mostrado aquí su intimidad no tiene nada que ver con un reality show. Más bien, se trata de un pequeño testimonio que refuerza la afirmación que viene después: “Las investigaciones actuales muestran que si la gente logra manejar y resistir las malas rachas, dirige su atención a lo que tiene y comparte con el otro en vez fijarse en lo que se está perdiendo, los beneficios psicológicos y físicos son enormes”.

“No es una cuestión de moralidad versus narcisismo –como si hubiera que elegir entre escalar una cumbre o quedarse la cama autocompadeciéndose–, sino de entender qué es lo que, al final, nos hace felices”.